Apuntes sobre el libro Los 4 Amores por C.S. Lewis

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09 febrero 2020

Los Cuatro Amores de C.S. Lewis es ensayo sobre el amor en sus 4 componentes: afecto, amistad, eros (enamoramiento) y caridad (amor a Dios) Y como según el autor, «lo más alto no se sostiene sin lo más bajo» todo empieza por el mero placer o gusto por las cosas terrenales. Se describe un recorrido vital que parte del «yo». Una vez reconocida nuestra propia identidad, podremos reconocer y amar al otro. Dado que este amor es incompleto (impulsividad, sentimentalismo, fugacidad, etc) se hace necesaria una trasformación del mismo hacia la caridad – la más refinada forma de amor – a través de Cristo. Por eso este libro es también una obra de carácter apologético.

Introducción

Es cierto que el lenguaje no es una guía infalible, pero encierra, aun con todos sus defectos, un gran depósito de saber de realidad y de experiencia. Si uno empieza a desvirtuarlo, el lenguaje acaba vengándose. Es mejor no forzar las palabras para que signifiquen lo que a uno le apetezca. Lewis sobre la manipulación del lenguaje

Dos tipos de amor

  • Amor dádiva
    • Amor divino
    • Amor de un padre al hijo
    • No garantiza amor divino porque necesita necesariamente a Dios.
  • Amor necesidad
    • Nacemos necesitados
    • Descubrimos la soledad: nos damos cuenta de que necesitamos a los demás para conocernos.
    • No es necesariamente egoísmo

Todo cristiano tiene que admitir que la salud espiritual de un hombre es exactamente proporcional a su amor a Dios. Pero el amor del hombre a Dios, por su misma naturaleza, tiene que ser siempre, o casi siempre, amor-necesidad.

La cercanía a Dios

El hombre se acerca más a Dios en tanto que es menos semejante a Él. Lewis pone ejemplo de ir a nuestra casa detrás de la montaña. Puede ser de dos tipos:

  • Por semejanza
    • La semejanza se nos da —y puede ser recibida con agradecimiento o sin él, o puede usarse bien de ella o abusar.
    • Amores humanos
      • Quienes aman mucho – amores humanos (patria, erótico, afectos domésticos, amistad, familia) – están «cerca» de Dios. Pero se trata evidentemente de «cercanía por semejanza», que por sí sola no produce la «cercanía de aproximación».
      • Los amores naturales que se convierten en dioses dejan de ser amores. Son demonios. Por ejemplo, un afecto excesivo se convierte en odio (como la mujer atareada)
      • Los amores humanos no pueden sin más ser gloriosas imágenes del amor divino. Son, ni más ni menos, cercanos por semejanza, que en ocasiones pueden ayudar y en otras dificultar la cercanía de aproximación.
  • Por proximidad
    • La aproximación en cambio, aunque iniciada y ayudada por la Gracia, es de suyo algo que nosotros debemos realizar.
    • Relación con amor necesidad.
    • Nuestros amores-necesidad pueden ser voraces y exigentes; pero no se presentan como dioses: no están tan cerca de Dios por su semejanza como para pretenderlo siquiera.

Lo que está próximo a Dios por semejanza nunca podrá, por sólo este hecho, llegar a estar más cerca. Pero la cercanía de aproximación es, por definición, una cercanía que puede aumentar.

Dios es amor pero no todo amor es Dios

Atención peligro: todo amor humano, en su punto culminante, tiene tendencia a exigir para sí la autoridad divina.

Imitación de Cristo a través de la proximidad

«Lo más alto —dice la Imitación de Cristo— no se sostiene sin lo más bajo». Nuestra imitación voluntaria, distinta de cualquier semejanza que Él haya podido imprimir en nuestra naturaleza o estado— tiene que ser una imitación del Dios encarnado: nuestro modelo es Jesús, no sólo el del Calvario, sino el del taller, el de los caminos, el de las multitudes, el de las clamorosas exigencias y duras enemistades, el que carecía de tranquilidad y sosiego, el continuamente interrumpido. Porque esto, tan extrañamente distinto de lo que podemos pensar que es la vida divina en sí misma, es no sólo semejanza, sino que es la vida divina realizada según las exigencias humanas.

I. Gustos y amores por lo sub-humano

Placer necesidad vs placer apreciación

Hay una cierta relación entre nuestros gustos básicos por las cosas y nuestro amor por las personas. Y ya que lo más alto no se sostiene sin lo más bajo, será mejor que empecemos por la base, con los simples gustos; que «guste» algo indica que se siente placer por ello, por tanto, debemos empezar por el placer:

  • El placer de necesidad:
    • Precedido por un deseo: placer buscado.
    • Habla en pasado porque queda saciado.
    • Es por ejemplo tomar un vaso de agua: es necesario, es vital.
    • Al abrigo de excesos por su mismo carácter de naturales.
    • No son odiados después que los hemos alcanzado, son momentáneos «mueren en nosotros».
  • El de apreciación:
    • No precedido por deseo, lo son por sí mismos: no buscado.
    • Habla en presente «es un excelente clarete».
    • Es por ejemplo tomar un buen vaso de vino: no son necesarios.
    • Abren la puerta a toda clase de lujos y de vicios (obras estoicos llenas de vicio)
    • Grato a los sentidos, sino que también ha exigido, como con derecho, que lo apreciáramos.

El placer-necesidad es ese estado en el que los placeres de apreciación acaban; y acaban cuando, por añadidura, van mal. En todo caso, para nosotros la importancia de estas dos clases de placer reside en que su alcance prefigura las características de nuestros «amores».

Sed buenos críticos implica necesidad de describir y definir

Debemos procurar no tomar una actitud moral o de valor antes de tiempo. La mente humana, por lo general, es más propensa a elogiar o despreciar que a describir y definir. Quiere hacer de cada distinción una distinción valorativa, de ahí ese tipo nefasto de crítico que no puede señalar nunca la diferente calidad de dos poetas sin ponerlos en un orden de preferencia, como si fueran candidatos a un premio.

Del amor necesidad puede surgir afecto – o no

El amor-necesidad, como el placer-necesidad, no dura más allá de la necesidad misma. La misma necesidad puede ser permanente o recurrente. En el amor-necesidad puede brotar otra clase de amor. Los principios morales (fidelidad conyugal, devoción filial, gratitud y otros) pueden mantener una relación humana durante toda una vida. Por eso, en el mundo resuenan los lamentos de madres desatendidas por sus hijos, de mujeres abandonadas por amantes cuyo amor era sólo una necesidad que ya saciaron.

Los tipos de amores

  • El amor de necesidad:
    • Clama a Dios desde nuestra indigencia.
    • Dice de una mujer: «No puedo vivir sin ella».
  • El amor-dádiva:
    • Anhela servir a Dios y hasta sufrir por Él.
    • Aspira a hacer a la mujer feliz, a darle comodidades, protección y, si es posible, riqueza.
  • El amor de apreciación:
    • Dice de Dios «Te damos gracias por tu inmensa gloria».
    • Contempla a la mujer casi sin respirar, en silencio, alegre de que esa maravilla exista, aunque no sea para él, y no se quedará abatido si la pierde, porque prefiere eso antes que no haberla conocido nunca.

Los dioses oscuros de la naturaleza

WikipediaArchivo:Tour bollingen CGJung.jpg – Wikipedia. Genius Loci en torreón de Carl Gustav Jung en su torreón de Bollingen

Estimado por ingleses y rusos. «El especial humor que provocan el tiempo y las estaciones» en un lugar, el «espíritu» del lugar. «Estado de ánimo», el «espíritu». Los amantes de la naturaleza quieren captar lo más plenamente posible todo lo que la naturaleza, en cada determinado momento, en cada preciso lugar, está diciendo. Incluso la falta de carácter de un paisaje provoca también en ellos una respuesta positiva.

La naturaleza no enseña

Si uno toma a la naturaleza como maestra, le enseñará exactamente las lecciones que de antemano uno decidió aprender; y esta es, sencillamente, otra manera de decir que la naturaleza no nos enseña. Esos «estados de ánimo» – aunque estemos sujetos a ellos – y ese «espíritu» de la naturaleza, no señalan moral alguna. Una abrumadora alegría, una grandeza desmedida, una sombría desolación caen sobre uno; y uno entonces hará lo que pueda, si es que debe hacer algo. El único mandato que la naturaleza dicta es: «Mira. Escucha. Atiende».

El hecho de que un cristiano pueda usar la naturaleza de este modo no es ni siquiera el inicio de una prueba de que el cristianismo es verdadero. Quienes sufren por «los oscuros dioses de la sangre» supongo que pueden utilizarla igualmente para su credo. Esta es, precisamente, la cuestión: la naturaleza no nos enseña. Una filosofía verdadera puede a veces corroborar una experiencia de la naturaleza; pero una experiencia de la naturaleza no puede hacer válida una filosofía.

Tenemos que dar un rodeo, dejar las colinas y los bosques y volver a nuestros estudios, a la Iglesia, a nuestra Biblia y a ponernos de rodillas. De otro modo, el amor por la naturaleza empezaría a convertirse en una religión de la naturaleza, y entonces, aun cuando no nos condujera a «los oscuros dioses de la sangre», nos llevaría a un alto grado de insensatez.

La naturaleza no puede satisfacer los deseos que inspira, ni responder a cuestiones teológicas ni santificarnos. La naturaleza «muere» en aquellos que sólo viven para amar la naturaleza.

El amor a la patria

Peligro del adoctrinamiento frente a la grandeza del sentimiento antiguo. Adoctrinamiento a los jóvenes de una historia que se sabe perfectamente falsa o parcial. Un patriotismo tranquilo acoge a los extranjeros.

Los malos y exagerados patriotas se creen con deberes – proteger a nativos – como los derechos correspondientes a un ser superior. Colonialismo inglés.

El patriotismo en su forma demoníaca se niega inconscientemente a sí mismo. El soldado de Kipling tergiversa las cosas: cree que su país es grande y bueno, y por eso lo ama. El amor nunca habla así. Es como amar a los hijos «sólo si son buenos», a la esposa sólo si se conserva bien físicamente, al marido sólo mientras sea famoso y tenga éxito. «Ningún hombre —dijo un griego— ama a su ciudad porque es importante, sino porque es suya».

La grandeza del sentimiento antiguo consistía en que, mientras hacía que los hombres se entregaran al máximo, se sabía que sólo era un sentimiento. Las guerras podían ser heroicas sin pretender que fueran santas.

II. El Afecto

Es el tipo de amor más instintivo. Ignora barreras físicas e intelectuales. Es un amor humilde y discreto. Colorea otros amores como amistad y erótico.

Salir de nosotros mismos a través del afecto

WikipediaArchivo:Narcissus-Caravaggio (1594-96).jpg – Wikipedia.

En el momento en el que uno dice, sintiéndolo de verdad, que pese a no ser «mi tipo» es alguien muy bueno «a su modo», se da una especie de liberación. Ese «a su modo» quiere decir que estamos saliendo de nuestro propio modo de ser, que estamos aprendiendo a valorar la bondad o la inteligencia en sí mismas, y no la bondad e inteligencia preparadas y servidas para gustar solamente a nuestro propio paladar. Y el afecto ensancha nuestra mente; de entre todos los amores naturales, ese es el más católico, el menos afectado, el más abierto. El afecto nos enseña primero a saber observar a las personas que «están ahí», luego a soportarlas, después a sonreírles, luego a que nos sean gratas, y al fin a apreciarlas. ¿Que están hechas para nosotros? ¡Gracias a Dios, no! No son más que ellas mismas, más raras de lo que uno hubiera creído, y mucho más valiosas de lo que suponíamos.

El afecto no es el amor verdadero, aunque se le parece

¿Se parece el afecto al amor descrito en 1 Corintios 13?

1 Corintios 13 por San Pablo de Tarso.

El afecto, ya lo dije, no se da importancia. La caridad —decía San Pablo— no es engreída. El afecto puede amar lo que no es atractivo: Dios y sus santos aman lo que no es amable. El afecto «no espera demasiado», hace la vista gorda ante los errores ajenos, se rehace fácilmente después de una pelea, como la caridad sufre pacientemente, y es bondadoso y perdona. El afecto nos descubre el bien que podríamos no haber visto o que, sin él, podríamos no haber apreciado. Lo mismo hace la santa humildad.

¿Es el afecto este amor verdadero de 1 Corintios 13?

Pero si nos detuviéramos sólo en estas semejanzas, podríamos llegar a creer que este afecto no es simplemente uno de los amores naturales sino el Amor en sí mismo, obrando en nuestros corazones humanos y cumpliendo su ley. ¿Tendrían razón entonces los novelistas ingleses de la época victoriana, al decir que es suficiente este tipo de amor? ¿Son «los afectos caseros», cuando están en su mejor momento y en su desarrollo más pleno, lo mismo que la vida cristiana? La respuesta a estas preguntas, lo sé con seguridad, es decididamente No. No digo solamente que esos novelistas escribieron a veces como si nunca hubieran conocido ese texto evangélico sobre el «odiar» a la esposa y a la madre y aun la propia vida —aunque, por supuesto, sea así—, sino que la enemistad entre los amores naturales y el amor de Dios es algo que un cristiano procura no olvidar. Dios es el gran Rival, que en cualquier momento me puede robar —al menos a mí me parece un robo— el corazón de mi esposa, de mi marido o de mi hija.

El afecto no es un derecho sino una razonable expectativa

Puede que no seamos amados, puede que seamos insoportables. Si lo somos, «la naturaleza» obrará en contra nuestra, porque las mismas condiciones de familiaridad que hacen posible el afecto, también, y no menos naturalmente, hacen posible un especial disgusto incurable, una especie de aversión tan «de siempre», constante, cotidiana, a veces casi inconsciente, como la correspondiente forma de amor.

Gente tóxica

Las personas que son de suyo difíciles de amar, su continua exigencia de ser amadas, como si fuera un derecho, su manifiesta conciencia de ser objeto de un trato injusto, sus reproches, sea con estridentes gritos o con quejas solamente implícitas en cada mirada o en cada gesto de resentida autocompasión, provocan en nosotros un sentimiento de culpa —esa es su intención— por una falta que no podíamos evitar y que no podemos dejar de cometer.

Celos por la excelencia

Educación suicida para la nación, que frena al niño dotado, porque los mediocres e incapaces podrían sentirse «heridos» si a ese niño se le hiciera pasar, de manera antidemocrática, a una clase más avanzada.

El afecto completo que es amor verdadero

El afecto produce felicidad si hay, y solamente si hay, sentido común, el dar y recibir mutuos —ese tira y afloja—, y «honestidad»; en otras palabras: sólo si se añade algo más que el mero afecto, algo distinto del afecto, pues el sentimiento solo no es suficiente. Se necesita «sentido común», es decir, razón; se necesita «tira y afloja», esto es, se necesita justicia que continuamente estimule al afecto cuando este decae, y en cambio lo restrinja cuando olvida o va contra el «arte» de amar; se necesita «honestidad», y no hay por qué ocultar que esto significa bondad, paciencia, abnegación, humildad, y la intervención continua de una clase de amor mucho más alta, amor que el afecto en sí mismo considerado nunca podrá llegar a ser. Aquí está toda la cuestión: si tratamos de vivir sólo de afecto, el afecto «nos hará daño».

Si se hace del afecto el amor absoluto de la vida humana, la semilla del odio germinará; el amor, al haberse convertido en dios, se vuelve un demonio.

III. La Amistad

La amistad es racional, tranquila y de ángeles

En la amistad —en ese mundo luminoso, tranquilo, racional de las relaciones libremente elegidas— uno se aleja del sistema nervioso y lo animal. De entre todos los amores, ese es el único que parece elevarnos al nivel de los dioses y de los ángeles.

El compañerismo no es amistad es sólo su matriz

Compañerismo laboral no es amistad

La amistad surge fuera del mero compañerismo cuando dos o más compañeros descubren que tienen en común algunas ideas o intereses o simplemente algunos gustos que los demás no comparten y que hasta ese momento cada uno pensaba que era su propio y único tesoro, o su cruz. La típica expresión para iniciar una amistad puede ser algo así: «¿Cómo, tú también? Yo pensaba que era el único».

Los amigos seguirán haciendo alguna cosa juntos, pero hay algo más interior, menos ampliamente compartido y menos fácil de definir. Son compañeros de camino, pero en un tipo de viaje diferente. De ahí que describamos a los enamorados mirándose cara a cara, y en cambio a los amigos, uno al lado del otro, mirando hacia adelante.

Amistad construida sobre una afición o una cruz común

La persona que está de acuerdo con nosotros en que un determinado problema, casi ignorado por otros, es de gran importancia, puede ser amigo nuestro; no es necesario que esté de acuerdo con nosotros en la solución.

La amistad tiene que construirse sobre algo, aunque sólo sea una afición por el dominó, o por las ratas blancas. Los que no tienen nada no pueden compartir nada. Los que no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de ruta.

Conviene que tu pareja sea amiga de tus amigos

Nada enriquece tanto un amor erótico como descubrir que el ser amado es capaz de establecer, profunda, verdadera y espontáneamente, una profunda amistad con los amigos que uno ya tenía: sentir que no sólo estamos unidos por el amor erótico, sino que nosotros tres o cuatro o cinco somos viajeros en la misma búsqueda, tenemos la misma visión de la vida.

Pequeños círculos de amigos han cambiado el mundo

La amistad tiene carácter innecesario para la sociedad. Es un subproducto que puede traer cosas buenas como el cristianismo o malas como el comunismo. Los pequeños círculos de amigos que dan la espalda al «mundo» son los que lo transforman de veras.

Gratuidad de la amistad

Un amigo, ciertamente, demostrará ser también un aliado. El papel de benefactor siempre sigue siendo accidental, hasta un poco ajeno al papel de amigo; es casi algo embarazoso, porque la amistad está absolutamente libre de la necesidad que siente el afecto de ser necesario.

La señal de una perfecta amistad no es ayudar cuando se presenta el apuro (se ayudará, por supuesto), sino que esa ayuda que se ha llevado a cabo no significa nada; fue como una distracción, una anomalía; fue una terrible pérdida del tiempo —siempre demasiado corto— de que disponemos para estar juntos. Sólo tuvimos un par de horas para charlar, y, ¡santo Cielo!, de ellas veinte minutos tuvimos que dedicarlos a resolver «asuntos».

La amistad es innecesaria pero da valor a la supervivencia

La amistad no es inquisitiva. Su grandeza radica en que nos libra de nuestro contexto ante los demás.

El compañero

Wikimedia CommonsFile:William-Adolphe Bouguereau (1825-1905) – Admiration (1897 …

A nadie conoce uno mejor que a su «compañero». De ahí que, al comprobar una y otra vez su autenticidad, florecen nuestra confianza, nuestro respeto y nuestra admiración en forma de un amor de apreciación muy sólido y muy bien informado. No encontraremos al guerrero, al poeta, al filósofo o al cristiano mirándonos a los ojos como si fuera nuestra amada: será mejor pelear a su lado, leer con él, discutir con él, rezar con él.

La amistad entre sexos es difícil

las amistades se dan entre hombres y hombres, o entre mujeres y mujeres. Los sexos se encuentran en el afecto y en el eros, pero no en este amor. Y eso porque el afecto y el eros rara vez habrán gozado en las actividades comunes del compañerismo.

Lo que una parte ofrece como amistad puede ser interpretado por la otra como eros, con penosos y embarazosos resultados. O bien lo que comienza como amistad puede convertirse para ambos también en eros.

Mujeres que aíslan a sus maridos de amistades

Hay mujeres que miran la amistad con odio, con envidia, con miedo, como un enemigo de eros y, más aún quizá, del afecto. Una mujer así se vale de mil artimañas para destruir las amistades de su marido. No se dará cuenta de que ese marido, al que logra aislar de sus iguales, pierde su dignidad, ella le ha castrado; terminará por avergonzarse de él.

Descrédito moderno de la amistad: necesaria rehabilitación

Atacada y despreciada desde muchos lados de la sociedad: homosexualidad, mujeres que no se integran en círculos de hombres, celos, etc.

Por la autoridad

La amistad, como la veían los antiguos, puede ser una escuela de virtud; pero también —ellos no lo vieron— una escuela de vicio. La amistad es ambivalente: hace mejores a los hombres buenos y peores a los malos. Tanto los círculos de los primeros Cristianos como los de criminales han sobrevivido de la misma manera, haciéndo oídos sordos a la sociedad que les rodeaba. Hay un elemento de separación, de indiferencia o de sordera, por lo menos en algunos aspectos, frente a las voces del mundo exterior. Por eso la autoridad la ve con ojos dubitativos por ser una posible rebelión o foco de resistencia.

Por la sociedad

Las personas que se aburren estando juntas deberían verse raras veces; quienes se interesan el uno por el otro, deberían verse a menudo.

Sordera fruto de la superioridad conduce al orgullo, arribismo o prepotencia

La amistad tiene un carácter excluyente. Círculos de amigos pueden establecer indiferencia parcial o total con el exterior. Sacerdotes época Jesús o aristocracia. Ventaja: si creencias amigos buenas, hacen que sólo los malos y patanes ordinarios se molesten. Se preserva un código ético elevado. Sordera parcial es noble pero la total arrogante, pudiendo desoír clemencia de la plebe. Sordera parcial fruto de creerse superiores al resto y que los hace incorregibles, pudiendo convertirse en sordera total y conformarse una clase social.

El mismo sentimiento de superioridad colectiva puede apoderarse de un grupo de amigos mucho más vulgares. En ese caso la prepotencia.

Podemos detectar el orgullo de una amistad en muchos círculos de amigos:

  • Olímpica: orden sacerdotal de tiempos de Cristo. Dos que ríen ante una pregunta tuya.
  • Titánica: el sectario universitario. Agresivo, amargo, sin empatía, aniquilación del que no piensa igual.
  • Simplemente vulgar: el que se refiere a sus amigos sin que nadie sepa quiénes son. Es prepotencia, intimida.

En las Sagradas Escrituras

La amistad es ya, de suyo, demasiado espiritual para ser un buen símbolo de cosas espirituales. Podríamos sentirnos además, por su misma semejanza con la vida celestial, inclinados a confundir esa cercanía, que ciertamente se da en la amistad, con una cercanía de aproximación, y no sólo de semejanza.

Conclusión

Debemos admirar al otro y recordar buenos momentos

La amistad debe estar llena de admiración mutua, de amor de apreciación. Necesario será recordarla: sentiremos que somos nosotros mismos —nosotros cuatro o cinco— quienes nos hemos elegido unos a otros; al percibir cada uno la belleza interior de los demás, todos iguales, y formando así una nobleza voluntaria, creeremos que nosotros mismos nos hemos elevado por encima del resto de la humanidad gracias a nuestros propios poderes.

Creemos elegir a los amigos pero no hay casualidades

En la amistad creemos haber elegido a nuestros iguales, y en realidad cualquier casualidad podría habernos mantenido separados. Pero para un cristiano, estrictamente hablando, no hay casualidades. Un secreto Maestro de Ceremonias ha entrado en acción. Cristo, que dijo a sus discípulos: «Vosotros no me habéis elegido a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros», puede realmente decir a cada grupo de amigos cristianos: «Vosotros no os habéis elegido unos a otros, sino que Yo os he elegido a unos para otros». La amistad no es una recompensa por nuestra capacidad de elegir y por nuestro buen gusto de encontrarnos unos a otros, es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de todos los demás. Como todas las bellezas, estas proceden de Él. En este festín es Él quien ha preparado la mesa y elegido a los invitados. Es Él, nos atrevemos a esperar, quien a veces preside, y siempre tendría que poder hacerlo. No somos nada sin nuestro Huésped.

IV. Eros

Características

Hace que queramos a una mujer en particular. Tenemos preocupación por ella. Saltamos el muro de nuestra individualismo. La admiramos con amor de apreciación. Olvidamos nuestro egocentrismo. Es una imagen del amor divino.

Lo cómico del eros: no conviene tomar muy en serio el eros

El eros tiene un contrapunto cómico y antipoético. A la vez somos bufones que interpretan una mascarada. Nuestro cuerpo es torpe al interpretar la grandeza de la música del eros. La desnudez es la túnica de la ceremonia del amor.

El marido debe sacrificarse por su esposa

El marido debe amar a la esposa como Cristo amó a su Iglesia y —sigamos leyendo— «dio la vida por ella» (Efesios 5, 25). Así pues, esta autoridad está más plenamente personificada no en el marido que todos quisiéramos ser, sino en Aquel cuyo matrimonio más se parece a una crucifixión, cuya esposa recibe más y da menos, es menos digna que él, es —por su misma naturaleza— menos amable. Porque la Iglesia no tiene más belleza que la que el Esposo le da; Él no la encuentra amable, pero la hace tal. Hay que mirar el crisma de esta terrible coronación no en las alegrías del matrimonio de cualquier hombre, sino en sus penas, en la enfermedad y sufrimientos de una buena esposa, o en las faltas de una mala esposa, en la perseverante (y nunca ostentosa) solicitud o inextinguible capacidad de perdón de ese hombre, perdón, no aceptación. Así como Cristo ve en la imperfecta, orgullosa, fanática o tibia Iglesia terrena a la Esposa que un día estará «sin mancha ni arruga», y se esfuerza para que llegue a serlo, así el esposo, cuya autoridad es como la de Cristo (y no se le ha concedido ninguna de otra clase), jamás debe desesperar. Por tanto, en esos matrimonios desgraciados, la «autoridad» del marido, si es que puede mantenerla, es más semejante a la de Cristo.

Las más inflexibles feministas no tienen que envidiar al sexo masculino la corona que les es ofrecida, ya sea en el misterio pagano o en el cristiano: porque una es de papel; la otra, de espinas. El verdadero peligro no está en que los maridos vayan a coger la corona de espinas con demasiada vehemencia, sino que ellos permitan u obliguen a sus mujeres a que se la roben.

Juntos a pesar de la enfermedad o pobreza

Aunque resulte claro, más allá de toda duda, que el matrimonio con el ser amado no tiene posibilidad de llevar a la felicidad, cuando ni siquiera puede ofrecer otra vida que la de atender a un inválido incurable, de pobreza irremediable, de exilio, o de vergüenza, el eros nunca duda en decir: «Mejor esto que separarnos; mejor ser desdichado con ella que ser feliz sin ella. Dejemos que se rompan nuestros corazones con tal de que se rompan juntos». Si la voz dentro de nosotros no dice estas palabras, no es la voz del eros.

La alegría y risas de los enamorados

En su infortunio, en los recintos hospitalarios, en los días de visita en la cárcel, se ven sorprendidos por una alegría. Los enamorados, hasta que tienen un bebé del que se puedan reír, se están siempre riendo el uno del otro.

El peligro del eros

El eros honrado sin reservas y obedecido incondicionalmente, se convierte en demonio. El que más se parece a un dios y, por tanto, el más inclinado a exigir que le adoremos y ser idolatría. Es la religión del amor en la que los amantes se sienten Mártires si algo perturba su historia. Los enamorados no se mueven necesariamente por la bondad.

El antiguo yo vuelve pronto a manifestarse

Nosotros somos los que debemos esforzarnos por cumplir las promesas del enamoramiento. Debemos realizar los trabajos de eros cuando eros ya no está presente. No podrá cumplirse sino con humildad, caridad y la gracia divina.

No puede por sí mismo ser lo que, de todos modos, debe ser, si ha de seguir siendo eros. Necesita ayuda; por tanto, necesita ser dirigido. El dios muere o se vuelve demonio a no ser que obedezca a Dios.

Leamos Ana Karenina y no pensemos que esas cosas suceden sólo en Rusia. La vieja hipérbole de los enamorados que se «devoran» mutuamente

V. Caridad

Ese ha sido el tema principal de mi libro: los amores naturales no son autosuficientes. Los amores demuestran que son indignos de ocupar el lugar de Dios, porque ni siquiera pueden permanecer como tales y cumplir lo que prometen sin la ayuda de Dios.

La comparación de los amores con un jardín

Del mismo modo, nuestro «sentido común y nuestra decencia» (herramientas del jardinero) aparecerán como algo gris y muerto al lado de la genialidad del amor. Cuando Dios plantó el jardín de nuestra naturaleza, e hizo que prendieran allí los florecientes y fructíferos amores, dispuso que nuestra voluntad los «vistiera» (el jardinero)

Moderad/podad afectos para evitar apego a lo transitorio

WikipediaArchivo:Saint Augustine by Philippe de Champaigne.jpg – Wikipedia …

San Agustín en Confesiones IV, 10 extrae una moraleja tras perder a un amigo que quería mucho: esto es lo que pasa, dice, por entregar nuestro corazón a cualquier cosa que no sea Dios. Todos los seres humanos mueren. No permitamos que nuestra felicidad dependa de algo que podemos perder. Si el amor ha de ser una bendición, no una desgracia, debemos dedicárselo al único Amado que jamás morirá. Debemos pensar ante todo amor: «Cuidado, eso nos puede hacer daño!»

Amar es vulnerabilidad no seguridad

De acuerdo con las líneas sugeridas por san Agustín, no hay escapatoria. Ni tampoco de acuerdo con otras líneas. No hay inversión segura. Amar, de cualquier manera, es ser vulnerable. Basta con que amemos algo para que nuestro corazón, con seguridad, se retuerza, y posiblemente se rompa.

La alternativa es el ataúd del egoísmo, cobardía y la soledad

Wikimedia CommonsFile:Pieter Lastman – Jonah and the Whale – Google Art Project.jpg …

Si uno quiere estar seguro de mantenerlo intacto, no debe dar su corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Hay que rodearlo cuidadosamente de caprichos y de pequeños lujos; evitar todo compromiso; guardarlo a buen recaudo bajo llave en el cofre o en el ataúd de nuestro egoísmo. Pero en ese cofre —seguro, oscuro, inmóvil, sin aire— cambiará, no se romperá, se volverá irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa de la tragedia, o al menos del riesgo de la tragedia, es la condenación. El único sitio, aparte del Cielo, donde se puede estar perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones del amor es el Infierno.

Creo que los amores más ilícitos y desordenados son menos contrarios a la voluntad de Dios que una falta de amor consentida, con la que uno se protege a sí mismo.

No calcular para evitar sufrimientos ni cuidar propia felicidad

Cristo no enseñó ni sufrió para que llegáramos a ser, aun en los amores naturales, más cuidadosos de nuestra propia felicidad. Si el hombre no deja de hacer cálculos con los seres amados de esta tierra a quienes ha visto, es poco probable que no haga esos mismos cálculos con Dios, a quien no ha visto. Nos acercaremos a Dios no con el intento de evitar los sufrimientos inherentes a todos los amores, sino aceptándolos y ofreciéndoselos a Él, arrojando lejos toda armadura defensiva. Si es necesario que nuestros corazones se rompan y si Él elige el medio para que se rompan, que así sea.

El problema de a amar más al ser amado que a Dios

Cristo dice que hay que pisotear todos los amores desde el momento en que nos impidan seguir tras Él: «Si alguno viene a Mí y no odia a su padre y a su madre y a su esposa […] y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14, 26)

Odiar significa no adherirse al que no es apto

Wikimedia CommonsFile:Jan van den Hoecke – Jacob and Esau are reconciled.jpg

Un hombre, dice Jesús, que intenta servir a dos señores «odiará» a uno y «amará» al otro. No se trata aquí, ciertamente, de meros sentimientos de aversión y de atracción, sino de lo que estamos tratando: es decir, se adherirá a uno, le obedecerá, trabajará para él, y, en cambio, no lo hará con el otro. Examinemos igualmente la frase: «Yo he amado a Jacob y, en cambio, he “odiado” a Esaú» (Malaquías 1, 2-3)

  • El «amor» a Jacob parece que significa la aceptación de Jacob para una elevada, y dolorosa, vocación.
  • El «odio» a Esaú, su repudio: es «rechazado», no consigue «tener éxito», es considerado no apto para ese propósito divino.

Hay que tomar la decisión dura de rechazar lo que se interponga a Dios

Así pues, en último término, debemos rechazar o descalificar lo que para nosotros sea lo más próximo y querido cuando eso se interponga entre nosotros y nuestra obediencia a Dios. Dios sabe que parecerá algo muy semejante al odio; pero no debemos obrar guiados por la compasión que sentimos, sino que debemos ser ciegos a esas lágrimas y sordos a esos ruegos. No diré que este deber sea difícil; algunos lo encuentran demasiado fácil; otros lo consideran duro, más allá de lo soportable.

Lo que es difícil para todos es saber cuándo surge la ocasión para este «odio». Nuestro temperamento nos engaña. Los que son blandos y tiernos —maridos complacientes, esposas sumisas, padres chochos, hijos irrespetuosos— no creerán fácilmente que pueda llegar alguna vez ese momento. Las personas prepotentes, con esa arrogancia propia de los matones, lo creerán demasiado pronto. Por eso es de tan extremada importancia moderar nuestros amores. A continuación vemos cómo moderarlos:

Cómo moderar el amor. Pactos previos a la relación: poner a Cristo en la relación

Wikimedia CommonsFile:Dobson, William – Richard Lovelace – Google Art Project.jpg

En primer lugar hay que relacionar todos los tipos de amores con el amor a Dios: desde tomar un té, pasear, etc. En segundo lugar, el caballero poeta Lovelace reconoce el honor antes que a su amada. No necesita «odiarla», enfrentarse a ella, porque él y ella reconocen la misma ley: desde hace tiempo están de acuerdo sobre este asunto, antes de cualquier crisis de pareja. Se hace mediante conversaciones.

El amor verdadero no es ciego: detectar desacuerdos

Un desacuerdo real sobre este problema tendría que haberse hecho sentir con suficiente antelación como para impedir que un matrimonio o una amistad llegaran a cuajar. El mejor amor, del tipo que sea, no es ciego. Oliver Elton, refiriéndose a Carlyle y a Mill, dijo que discrepaban acerca de la justicia, y que esa discrepancia era, naturalmente, fatal «para cualquier amistad digna de ese nombre». Si el «Todo por amor» está implícito en la actitud del amado, su amor no tiene entidad: no se relaciona de manera correcta con el Amor en sí mismo.

Diagrama del amor universal

Dios es un «huésped» que crea deliberadamente Sus propios parásitos; nos da el ser para que podamos explotarlo y «sacar provecho» de Él. Esto es el amor. Este es el diagrama del Amor en sí mismo, el inventor de todos los amores.

Las personas malignas pretenderán que nos aman con caridad, precisamente porque saben que eso nos va a herir. Decirle a alguien que espera una reanudación del afecto, de la amistad o del eros: «Como cristiano, te perdono», es sencillamente una forma de continuar la pelea. Quienes lo dicen están, por supuesto, mintiendo.

Se puede ver lo difícil que es recibir y seguir recibiendo de otros un amor que no depende de nuestro propio atractivo. Ejemplo extremo de hombre recién casado que contrae enfermedad de por vida. Es difícil para él aceptar el amor incondicional de su mujer. Recibir es más duro y meritorio que dar. Siempre tenemos algo no agradable que impide el amor de los demás hacia nosotros. no son amados porque son amables, sino porque el Amor en sí mismo está en quienes los aman.

Amor hacia los otros necesita transformarse

Todas las actividades de los amores naturales (con la sola excepción del pecado) pueden, a su tiempo, transformarse. Como Dios se hace Hombre «no porque la Divinidad se convierta en carne, sino porque la humanidad es asumida por Dios», lo mismo aquí: la caridad no se rebaja haciéndose simple amor natural, sino que el amor natural es asumido —haciéndose su instrumento obediente y armónico— por el Amor en sí mismo.

Supone una especie de muerte. No hay escapatoria. En mi amor por la esposa o por el amigo, el único elemento eterno es la presencia transformadora del Amor en sí mismo.

Nuestros amores naturales se conviertan en caridad, y le proporcionan esos roces y frustraciones en que ellos mismos nos ponen; prueba inequívoca de que el amor natural «no basta». Es transitorio.

El amor natural no basta: afrontar promesas, roces y frustraciones

En nosotros mismos también, existe eso que requiere paciencia, comprensión, perdón. La necesidad de practicar esas virtudes primero nos plantea y luego nos obliga a ese necesario esfuerzo de convertir —más estrictamente hablando: dejar a Dios que convierta— nuestro amor natural en caridad. Esas contrariedades y esos roces son beneficiosos.

Fe en reunirse con los muertos

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«Tú nos hiciste para Ti —dice san Agustín—, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Esto, tan fácil de creer por unos instantes delante del altar, o quizá medio rezando y medio meditando en un bosque en primavera, parece una burla cuando se está a la cabecera de un lecho de muerte. Pero nos sentiremos realmente mucho más burlados si, despreciando esto, anclamos nuestro consuelo en la esperanza de gozar algún día, y esta vez para siempre —quizá incluso con la ayuda de una séance y de la nigromancia—, del ser amado de la tierra, y nada más.

En el momento en que procuramos hacer uso de nuestra fe en el otro mundo con este propósito, esa fe se debilita. Aquellos momentos de mi vida en que mi fe se ha mostrado verdaderamente firme han sido momentos en que Dios mismo era el centro de mis pensamientos. Creyendo en Él podía entonces creer en el Cielo como corolario; pero el proceso inverso —creer primero en la reunión con el ser amado y luego, con motivo de esa reunión, creer en el Cielo, y, finalmente, con motivo del Cielo creer en Dios— no da buen resultado.

Descubrimos así por experiencia que no es bueno apelar al Cielo para tener un consuelo terreno. El Cielo puede dar consuelo celestial, no de otra clase. Y la tierra tampoco puede dar consuelo terreno, porque, a la larga, no hay ningún consuelo terreno.

Sentido del sufrimiento

Aquí abajo, todo es pérdida y renuncia. El designio mismo de una desgracia, en la medida en que nos afecta, puede haber sido decidido para forzarnos a aceptarla. Nos vemos entonces impelidos a procurar creer lo que aún no podemos sentir: que Dios es nuestro verdadero Amado.


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