La confesión de San Pedro: una fe sobrecogedora

 reseñó
4.4
24 diciembre 2019

La confesión de Pedro es una de esas partes del Evangelio que pasan desapercibidas. Sin embargo es de una importancia vital para entender la fe de los discípulos de Cristo. Él les reúne y les lleva un lugar idílico – reino del paganismo – para instituir la Iglesia e iniciar el camino al calvario en Jerusalén. El precio es la cruz. Muchos de los presentes morirán como Él. Un coraje que sólo puede ser explicado por una fe inquebrantable en Jesús. ¿Qué tipo de fe era aquella? ¿Qué les movió a seguir su camino?

Marco geográfico

Cerca de Cesarea de Filipo, una ciudad de cultura grecorromana conocida por su culto a dioses extranjeros, Jesús anunció que establecería una Iglesia y le dio autoridad sobre ella al apóstol Simón, a quien renombró Pedro.

Situada a 40 km al norte del mar de Galilea, la región de Cesárea de Filipo fue la más al norte que Jesús llevó a sus discípulos. La ciudad había sido conocida como Banias, una pronunciación árabe de Panias (no hay p en árabe). Este nombre honró al dios griego Pan, una deidad mitad hombre y mitad cabra a menudo representada tocando una flauta, a quien se veneraba aquí.

Cuando Jesús pasó por aquí, el área fue gobernada por el hijo de Herodes el Grande, Felipe, que había renombrado la ciudad de Cesárea. Para distinguirlo de la costa de Cesárea Marítima, se hizo conocida como Cesárea de Filipo.

La ciudad había sido construida cerca del manantial de Banias, que brota de una enorme roca y desemboca en una de las corrientes que forman el río Jordán. Aquí floreció el culto a Pan. Al este de una gran cueva se encuentran los restos de santuarios a Pan e inscripciones, del siglo II, que llevan su nombre. Actualmente conocido como: Hermon Stream Nature Reserve.

Los hechos ocurren en el camino que une Banias con Jerusalén. Se trata de un camino ascendente. Se cree que las dos preguntas de Jesús y la respuesta de Pedro se hicieron en el inicio de la subida. Sería un simbolismo del inicio de la Pasión, del camino hacia la cruz. Como a Jesús le gustaba usar imágenes locales para sus metáforas y parábolas, es fácil visualizarlo de pie junto al acantilado del manantial de Banias y decirle a Pedro que se convertiría en «esta roca».

La entrega de llaves

Cuando Cristo preguntó: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?», Fue Simón Pedro quien se inspiró para responder: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente».

Sólo en Mateo aparece – inmediatamente después de la confesión de Pedro – la concesión del poder de las llaves del reino —el poder de atar y desatar— unida a la promesa de que Jesús edificará sobre él —Pedro— su Iglesia como sobre una piedra.

Cristo entregando las llaves a Pedro por Pietro Perugino

En respuesta, Cristo declaró: “Y te digo que eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mateo 16: 13-20).

Contexto Bíblico

La confesión de Pedro es un acontecimiento importante narrado por los cuatro evangelistas. Las palabras de Pedro son diferentes en los cuatro. Los exégetas han intentado descubrir el origen de estas palabras mediante reconstrucciones históricas. Pero esto induce a errores como explicaremos más adelante en las conclusiones.

Seis días después de este evento, la Transfiguración tuvo lugar en «una montaña alta» (Mateo 17: 1). La tradición cristiana coloca la Transfiguración en el Monte Tabor, cerca de Nazaret, pero algunos estudiosos creen que el Monte Hermón (16 km al norte de Cesarea de Filipo) es un sitio más probable. Banias, incluido el santuario de Pan y los restos de una ciudad romana / cruzada, ahora es una reserva natural. El empinado acantilado del área de culto con la cueva de Pan se encuentra cerca de la entrada este de la reserva, y es claramente visible desde el área de estacionamiento.

Nacimiento de la Iglesia y camino hacia la cruz

La confesión de Pedro marca el nacimiento de la Iglesia. Implican el seguimiento de los discípulos a Cristo. Ya no son simples seguidores. Y su destino debe ser el mismo que el de Cristo, es decir la cruz. Antropológicame significa abandonarse para encontrarse. Con este diálogo entre Cristo y Pedro, queda descartado el carácter casual de pasión. Muchos ateos lo mantienen pero queda manifiesto en este acontecimiento.

No lo permita Dios, esto no puede pasarte (Mt 16,22)

Como dudamos de que Dios lo quiera impedir, tratamos de evitarlo nosotros mismos con todas nuestras artes. Y así, el Señor tiene que decirnos siempre de nuevo también a nosotros: «¡Quítate de mi vista, Satanás!» (Mc 8, 33). En este sentido, toda la escena muestra una inquietante actualidad. Ya que, en definitiva, seguimos pensando según «la carne y la sangre» y no según la revelación que podemos recibir en la fe.

Quién dice la gente que soy yo

Se trata de un diálogo que sigue manteniendo su actualidad. En tiempos de Cristo, la gente decía que era un mero profeta: Elías, Jeremías. Actualmente muchos intelectuales como Karl Jaspers, le definen como el creador de una religión. Al nivel de Sócrates, Buda, Confucio u otros similares. Alguien que solamente da unas pautas de comportamiento.

Otros lo definen hoy como un mero maestro de experiencias. Alguien muy sensible que tenía contacto con Dios y lo explicaba al resto. En este caso la enseñanza de Cristo queda como algo relativo, que debe completarse con las experiencias de otros maestros. El criterio sigue siendo del hombre, no de Dios. Cada uno decide qué parte de las experiencias le ayuda o no. En ambas interpretaciones, Cristo queda como un humano más, como un líder cualquiera.

Quién decís que soy yo

Al testimonio de la gente, se contrapone el de sus discípulos a modo de confesión de fe. Los cuatro evangelistas ponen distintos títulos a Cristo. Muchos exégetas ven una contradicción. Para muchos la posición de Marcos casa con el contexto histórico. Es la interpretación puramente judía que representa a Cristo como un Mesías político.

La fe asombrada de los discípulos

Pero el verdadero Jesucristo va más allá de lo meramente político. En Lc 5,5 se narra la Pesca Milagrosa. Desde el punto de vista de la historia de las religiones, se trata de uno de los textos más impresionantes. Explica lo que el hombre siente ante la presencia de Dios. En palabras de Pedro, nos consideramos miserables y no merecedores de tanta gracia. Pedro pasa de llamar a Cristo, Maestro, a llamarle Señor (Kyrios)

Otra situación similar es Mt 14, 22-33. Cristo camina sobre las aguas en medio de la tempestad. Los discípulos terminan adorando y reconociendo a Cristo como Hijo de Dios. En Jesucristo, los discípulos sintieron muchas veces la presencia de Dios. Ese sobrecogimiento.

«Bueno, con este tipo de signos es muy fácil creer.» Puede pensar alguno. Ciertamente, las señales físicas en el terreno podrían hacer que muchos se convirtieran. Pero si se piensa en profundidad, muchos seguirían poniendo pegas. En la parábola del rico Epulón se explica esto. Hace falta que pongamos de nuestra parte. La fe es un don de Dios. Una fe basada en signos es interesada. No propiciaría el crecimiento espiritual ni una aceptación real de Dios. Los discípulos contaron con el privilegio de ser testigos de las obras asombrosas de Jesús. Pero no eran idiotas y sabían que se movían en un entorno hostil. A pesar de ello, ¡creyeron!

Conclusiones

Reconstruir las palabras originales de Pedro a partir de desarrollos posteriores a la fe postpascual es un error. ¿De dónde surgiría la fe postpascual si Cristo no hubiera dado motivos de fe prepascual? Con esos hechos asombrosos Cristo contribuyó a ello.

La muerte de Cristo no es casual. Jesús muere por proclamarse Dios vivo. No muere por ser un Mesías político, tal como era Barrabás. Pilato se dio cuenta de esto. Vivió con temor el juicio a Cristo, sabedor de que los judíos no le entregarían un prometedor líder político. Ser Dios vivo iba contra la fe monoteísta judía. Esta proclamación es lo novedoso y único del mensaje de Cristo.

Los discípulos saben que no es un profeta. Durante su misión, van descubriendo que las profecías se cumplen en Él. Las diferencias en los títulos de Cristo son fruto de ese asombro. Están a tientas, dando respuestas incompletas a todo lo que les sucede. De ahí que le llaman mayoritariamente Ungido, como en el Antiguo Testamento.

Los discípulos están sobrepasados por los acontecimientos. No logran articular una respuesta completa hasta que Tomás toca las heridas del Resucitado: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28) No pasan de moda estas palabras. Son tan sublimes que nunca llegaremos a entenderlas del todo. Siempre nos sobrepasarán, como a los discípulos.


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