La Resurrección de Jesús de entre los muertos

 reseñó
4.5
11 enero 2020

Desde la perspectiva cristiana, la resurrección de Jesús es el acontecimiento más importante de la historia. Nuestra fe se basa en la resurrección. Sin ella nuestras creencias quedan reducidas a una mera enseñanza normativa. Las narraciones de la resurrección recogen los titubeos de los discípulos. Un asombro transformado en alegría que les llevará a dar testimonio por todas las naciones.

Introducción

Ratzinger, teólogo de cabecera para muchos cristianos, aborda el conflicto entre la predicación de Jesús y las leyes judías en su libro: Jesús de Nazaret: Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Los pensamientos de este artículo están basados en el capítulo 9 de este libro. Este artículo es un resumen de notas sobre este capítulo. Muchos textos son copias del libro.

Qué sucede en la resurrección de Jesús

«Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo. Además, como testigos de Dios, resultamos unos embusteros, porque en nuestro testimonio le atribuimos falsamente haber resucitado a Cristo».

1 Co 15,14s

Un mero maestro religioso

Si se prescinde de la resurrección, aún se pueden tomar sin duda de la tradición cristiana ciertas ideas interesantes sobre Dios y el hombre, sobre su ser hombre y su deber ser —una especie de concepción religiosa del mundo—, pero la fe cristiana queda muerta. En este caso, Jesús es una personalidad religiosa fallida; una personalidad que, a pesar de su fracaso, sigue siendo grande y puede dar lugar a nuestra reflexión, pero permanece en una dimensión puramente humana, y su autoridad sólo es válida en la medida en que su mensaje nos convence.

Ya no es el criterio de medida; el criterio es entonces únicamente nuestra valoración personal que elige de su patrimonio particular aquello que le parece útil. Y eso significa que estamos abandonados a nosotros mismos. La última instancia es nuestra valoración personal. Quedaría en cuestión la figura y el mensaje de Cristo. Que Jesús sólo haya existido o que, en cambio, exista también ahora depende de la resurrección.

Nuevo tipo de vida

WikipediaArchivo:Noel Coypel The Resurrection of Christ.jpg – Wikipedia, la …

Es un fenómeno nuevo que no es una reanimación de un muerto como la de Lázaro o la del joven de Naín. Algo así hubiera sido irrelevante para la historia. En la «resurrección del Hijo del hombre» ha ocurrido algo completamente diferente. Se trata de un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte. Es una «mutación decisiva», un salto cualitativo, un tipo nuevo de futuro para la humanidad. Según Pablo, la resurrección es un acontecimiento universal o no es nada. No ha vuelto a una vida humana normal.

El testimonio paradójico de los testigos

Esto era algo totalmente inesperado también para los discípulos, ante lo cual necesitaron un cierto tiempo para orientarse. Es cierto que la fe judía conocía la resurrección de los muertos al final de los tiempos. Nadie había pensado en un Mesías crucificado y eso implicaba volver a leer con otros ojos las Escrituras y reinterpretarlas. Para los discípulos la resurrección fue tan real como la crucifixión. Hubo un titubeo y asombro inicial.

La paradoja era indescriptible: por un lado, Él era completamente diferente, no un cadáver reanimado, sino alguien que vivía desde Dios de un modo nuevo y para siempre; y, al mismo tiempo, precisamente Él, aun sin pertenecer ya a nuestro mundo, estaba presente de manera real, en su plena identidad.

Se trataba de algo absolutamente sin igual, único, que iba más allá de los horizontes usuales de la experiencia y que, sin embargo, seguía siendo del todo incontestable para los discípulos. Así se explica la peculiaridad de los testimonios de la resurrección: hablan de algo paradójico, algo que supera toda experiencia y que, sin embargo, está presente de manera absolutamente real.

Una nueva dimensión ante el pensamiento ilustrado

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El pensamiento ilustrado niega la resurrección. Hay un «cambio de la imagen científica del mundo… las ideas tradicionales sobre la resurrección de Jesús» han de «considerarse obsoletas».

Se habla de algo nuevo, de algo único hasta ese momento; se habla de una dimensión nueva de la realidad que se manifiesta entonces. No se niega la realidad existente. Se nos dice más bien que hay otra dimensión más de las que conocemos hasta ahora. Esto, ¿está quizás en contraste con la ciencia? ¿Puede darse sólo aquello que siempre ha existido? ¿No puede darse algo inesperado, inimaginable, algo nuevo? Si Dios existe, ¿no puede acaso crear también una nueva dimensión de la realidad humana, de la realidad en general? La creación, en el fondo, ¿no está en espera de esta última y suprema «mutación», de este salto cualitativo definitivo? ¿Acaso no espera la unificación de lo finito con lo infinito, la unificación entre el hombre y Dios, la superación de la muerte?

Semilas de eternidad

Los comienzos de las novedades empiezan como algo pequeño, invisibles e inadvertidos. Son granos de mostaza. Curiosa inversión de las proporciones. La resurrección ha entrado en el mundo a través de las apariciones a unos pocos elegidos.

Era un acontecimiento tan impresionante y real, y se manifestaba con tanta fuerza ante ellos, que desvanecía cualquier duda, llevándolos al fin, con un valor absolutamente nuevo, a presentarse ante el mundo para dar testimonio: Cristo ha resucitado verdaderamente.

Los dos tipos diferentes de testimonios de la resurrección

La tradición en forma de confesión

La tradición en forma de confesión sintetiza lo esencial en forma de enunciados breves que quieren conservar el núcleo del acontecimiento. Son de carácter normativo. Imponen la fe por la letra a toda la comunidad. Son una confirmación de la fe. Se puede ver este tipo en el relato de los discípulos de Emaús, la Carta a los Romanos y en San Pablo.

Es importante el hecho de que Pablo, por la idea que tenía de sí mismo y por la fe de la Iglesia naciente, se sintiera legitimado a unir con el mismo carácter vinculante la confesión original y la aparición que tuvo del Resucitado, así como la misión de apóstol que ello comportaba. Él estaba claramente convencido de que esta revelación del Resucitado entraba también a formar parte de la confesión: que formaba parte de la fe de la Iglesia universal, como elemento esencial y destinado a todos.

«3 Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; 4 que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; 5 que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce. 6 Después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía… 7 Después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; 8 por último, como a un aborto, se apareció también a mí».

1 Co 15,3-8

La mención de Santiago porque con él, la familia de Jesús, que antes tuvo reticencias con respecto a la misión de Cristo, entra a formar parte de la comunidad de creyentes.

La muerte de Jesús

La confesión de Pablo reza: Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras. En el relato de Emaús se demuestra que todo lo ocurrido en la vida de Cristo es el cumplimiento de las Escrituras. La Escritura es el método para conocer a Cristo. Su muerte no es una casualidad porque recibe toda su lógica y significado del contexto histórico de Dios con su pueblo.

El morir por los pecados se cumple en Isaías 53, la figura del Siervo de Dios. Jesús es arrancado de este tipo de muerte humana que proviene del pecado original, del querer ser como Dios. La muerte de Cristo viene de la humildad, es obra del amor de Dios que desciende hasta nuestras miserias y nos eleva hacia sí. Una muerte en el contexto del servicio de expiación, que reconcilia al hombre con Dios y se convierte en luz para todos los pueblos.

La cuestión del sepulcro vacío

Si bien el sepulcro vacío de por sí no puede probar la resurrección, sigue siendo un presupuesto necesario para la fe en la resurrección, puesto que ésta se refiere precisamente al cuerpo y, por él, a la persona en su totalidad.

En el Discurso de Pentecostés, Pedro anunció públicamente la resurrección de Jesús. Lo hace mediante el Salmo 16,9: el David definitivo no conocerá la corrupción. No conocer la corrupción es la definición de resurrección. La descomposición disgrega al hombre y devuelve sus elementos al universo. La muerte ha triunfado.

Las especulaciones teológicas, según las cuales la corrupción y la resurrección de Jesús serían compatibles una con otra, pertenecen al pensamiento moderno y están en clara contradicción con la visión bíblica. Según eso se confirma también que un anuncio de la resurrección habría sido imposible si el cuerpo de Jesús hubiera permanecido en el sepulcro.

El tercer día

No nos referimos a una fecha teológica sino al día de un acontecimiento. Es el tercer día después del Viernes. Descubrir el sepulcro vacío es el primer encuentro con el Resucitado. El Domingo es una característica nueva. Debió ocurrir algo sobrecogedor para desbancar la importancia del Sábado.

La celebración del Día del Señor, que distingue a la comunidad cristiana desde el principio, es una de las pruebas más fuertes de que ha sucedido una cosa extraordinaria en ese día: el descubrimiento del sepulcro vacío y el encuentro con el Señor resucitado.

Los testigos

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«Se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce», importancia teológica particular: en ella se indica el fundamento mismo de la fe de la Iglesia. Por un lado, «los Doce» siguen siendo la piedra-fundamento de la Iglesia, a la cual siempre se remite.

Por otro, se subraya el encargo especial de Pedro, que le fue confiado primero en Cesarea de Felipe y confirmado después en el Cenáculo (cf. Lc 22,32), un encargo que lo ha introducido, por decirlo así, en la estructura eucarística de la Iglesia. Ahora, después de la resurrección, el Señor se manifiesta a él antes que a los Doce, y con ello le renueva una vez más su misión única.

Juan ha subrayado claramente una vez más esta misión para la fe de toda la Iglesia en su relato de la triple pregunta del Resucitado a Pedro —¿me amas?— y del triple encargo de apacentar el rebaño de Cristo (cf. Jn 21,15-17). Así, el relato de la resurrección se convierte por sí mismo en eclesiología.

La tradición en forma de narración

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Son un testimonio, no una declaración de normas. Hay diferencias entre los Evangelios. Ninguno de los Evangelios describe la resurrección de Jesús. Es un proceso secreto en Dios y Cristo que escapa a nuestra comprensión.

Marcos termina de forma brusca: las mujeres salieron con espanto del sepulcro vacío. Aunque el texto presupone que ya habían hablado del encuentro con el Ángel y Cristo en Galilea. Y, obviamente, está también informado de la aparición a Pedro y a los Doce. No se sabe por qué Marcos termina así.

En las narraciones las mujeres tienen un papel fundamental, al contrario que las confesiones, donde los hombres mandan. La tradición judía sólo validaba testimonios de hombres como fiables. Se narra la amplitud de la experiencia de los encuentros con Cristo. el primer encuentro con el Resucitado estaba destinado a ellas. Las mujeres las que abren la puerta al Señor, lo acompañan hasta el pie de la cruz y así lo pueden encontrar también como Resucitado.

Las apariciones de Jesús a Pablo

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Hay una diferencia clara entre la aparición a Pablo y la de los Apóstoles. En Pablo hay luz resplandeciente como en Tabor y una voz. Hay 3 narraciones distintas para la visión de Pablo. La percepción de los acompañantes fue diferente de la de Saulo; sólo él fue el destinatario directo de un mensaje. En los 3 casos, los testigos se dieron cuenta de que algo extraordinario pasaba.

El Resucitado, cuya esencia es luz, habla como hombre con Pablo y en su lengua. Su palabra, por una parte, es una autoidentificación que significa a la vez identificación con la Iglesia perseguida y, por otra, una misión cuyo contenido se manifestará sucesivamente con mayor amplitud.

Las apariciones de Jesús en los Evangelios

La novedad del Resucitado respecto a las teofanías del Antiguo Testamento es que Cristo se aparece como un hombre. Hay un fenómeno de alteridad, es decir, los discípulos no le reconocen en un primer momento. Cuando lo reconocen es desde dentro, no por su aspecto externo. Se respira una sensación de que ocurre algo extraño y nadie se atreve a preguntar. Cristo es plenamente corpóreo pero no está sujeto a las leyes del espacio tiempo.

La dialéctica que forma parte de la esencia del Resucitado es presentada en los relatos realmente con poca habilidad, y precisamente por eso dejan ver que son verídicos. Si se hubiera tenido que inventar la resurrección, se hubiera concentrado toda la insistencia en la plena corporeidad, en la posibilidad de reconocerlo inmediatamente y, además, se habría ideado tal vez un poder particular como signo distintivo del Resucitado. Pero en el aspecto contradictorio de lo experimentado, que caracteriza todos los textos, en el misterioso conjunto de alteridad e identidad, se refleja un nuevo modo del encuentro, que apologéticamente parece bastante desconcertante, pero que justo por eso se revela también mayormente como descripción auténtica de la experiencia que se ha tenido.

Teofanías del Antiguo Testamento

WikipediaArchivo:Andrej Rublëv 001.jpg – Wikipedia, la enciclopedia libre

Aparición de Dios a Abrahán en la encina de Mambré. 3 hombres aceptan la hospitalidad de Abrahán una vez que éste se da cuenta desde dentro que son Dios.

Josué al ver un hombre con la espada desenvainada.

Sobre Gedeón y Sansón: «el ángel del Señor», que aparece bajo el aspecto de un hombre, es reconocido siempre como ángel solamente en el momento en que desaparece misteriosamente. En ambos casos, un fuego consume la comida ofrecida mientras «el ángel del Señor» desaparece.

En todos los casos hay fenómenos de cercanía, pues Dios aparece como un hombre. Pero a la vez hay alteridad, es decir, escapa a las leyes físicas y no es reconocido al principio como realmente es.

Diferencias con otras experiencias trascendentales

Wikimedia CommonsFile:Salvator Rosa – The Shade of Samuel Appears to Saul …

Los encuentros con el Resucitado son diferentes de los acontecimientos interiores o de experiencias místicas: son encuentros reales con el Viviente. Tampoco es una experiencia fantasmal – como la nigromante de Endor que evoca al espíritu de Samuel. Cristo no viene del mundo de los muertos, viene de la vida, de la comunión con el Padre.

Lucas destaca el contraste del Resucitado con un espíritu en el relato que les pide a los Apóstoles comer un trozo de pescado asado. Los exégetas creen que es exagerado pues entraría en contradicción con otro relato de Lucas donde Cristo aparece en medio de los discípulos con una corporeidad no sometida al espacio tiempo.

Aparecer, hablar y comer

Wikimedia CommonsFile:Leone ghezzi painting1.jpg – Wikimedia Commons

Pero tanto en Emaús, como Jn 21,1-14: almuerzo tras pesca abundante y Hechos Apóstoles – «… se les apareció durante cuarenta días y les habló del Reino de Dios. Mientras comía con ellos, les mandó que no se fueran de Jerusalén…» – se ve algo en común: Aparecer-hablar-comer juntos: éstas son las tres automanifestaciones del Resucitado.

Comer con sal

Lucas destaca que el Resucitado come con ellos con sal. En el Antiguo Testamento significaba sellar nuevas y duraderas alianzas. Antídoto contra la putrefacción. Vínculo interior entre la comida anterior a la Pasión de Jesús y la nueva comunión de mesa del Resucitado. Los hace partícipes de la vida verdadera, los convierte en vivientes y sazona su vida con la participación en su pasión, en la fuerza purificadora de su sufrimiento. En la comunión litúrgica, en la celebración de la Eucaristía, este estar a la mesa con el Resucitado continúa, aunque de modo diferente.

Resumen: la naturaleza de la resurrección y su significación histórica

Pablo ha distinguido muy claramente sus experiencias místicas —como, por ejemplo, su elevación hasta el tercer cielo, descrita en 2 Corintios 12,1-4—, del encuentro con el Resucitado en el camino de Damasco, que fue un acontecimiento en la historia, un encuentro con una persona viva.acontecimiento dentro de la historia que, sin embargo, quebranta el ámbito de la historia y va más allá de ella.

«Salto cualitativo» radical en que se entreabre una nueva dimensión de la vida, del ser hombre. Más aún, la materia misma es transformada en un nuevo género de realidad. Salto ontológico que afecta al ser como tal, se ha inaugurado una dimensión que nos afecta a todos y que ha creado para todos nosotros un nuevo ámbito de la vida, del ser con Dios.

A partir de esto hay que afrontar también la cuestión sobre la resurrección como acontecimiento histórico. La resurrección dejó huella en la realidad pero supera la historia.

La predicación apostólica, con su entusiasmo y su audacia, es impensable sin un contacto real de los testigos con el fenómeno totalmente nuevo e inesperado. no se puede explicar por especulaciones o experiencias interiores, místicas. En su osadía y novedad, dicho anuncio adquiere vida por la fuerza impetuosa de un acontecimiento que nadie había ideado y que superaba cualquier imaginación.

La pregunta que Judas Tadeo le hizo a Jesús en el Cenáculo: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?» (Jn 14,22). Sí, ¿por qué no te has opuesto con poder a tus enemigos que te han llevado a la cruz?

Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. Sólo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de «ver».

Pero ¿no es éste acaso el estilo divino? No arrollar con el poder exterior, sino dar libertad, ofrecer y suscitar amor. El anuncio de los Apóstoles, ¿podría haber encontrado la fe y edificado una comunidad universal si no hubiera actuado en él la fuerza de la verdad?

Si escuchamos a los testigos con el corazón atento y nos abrimos a los signos con los que el Señor da siempre fe de ellos y de sí mismo, entonces lo sabemos: Él ha resucitado verdaderamente. Él es el Viviente. A Él nos encomendamos en la seguridad de estar en la senda justa. Con Tomás, metemos nuestra mano en el costado traspasado de Jesús y confesamos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28)



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