Mero Cristianismo, Libro 3: el comportamiento Cristiano

 reseñó
4.5
18 febrero 2020

En el libro III de Mero Cristianismo, Lewis explica el orden moral humano. Para el cristianismo la inmortalidad hace a la persona más importante que el estado. Nos centramos en las relaciones sociales porque son lo más visible pero hay que empezar por uno mismo. Lewis nos lleva al psicoanálisis para una buena toma de elecciones morales, que es lo que realmente transforma nuestros núcleos y lo que importa a Dios. Sólo así seremos firmes ante la naturaleza cambiante de nuestras pasiones.

1. LAS TRES PARTES DE LA MORAL

La moral no es un ideal de unos pocos

La palabra «moralidad» inspira a gran número de personas: algo que interfiere, algo que nos impide pasarlo bien. En realidad, las reglas morales son instrucciones para el funcionamiento de la máquina humana.

Resulta muy equívoco llamar ideal a la perfección moral. Algunos prefieren hablar de «ideales» morales antes que de reglas morales, y de «idealismo» moral antes que de obediencia moral. Podría llevarnos a pensar que la perfección moral es un gusto privado de ese hombre y que el resto de nosotros no estamos llamados a compartirla. Se le recomienda a todos los hombres por la naturaleza misma de la máquina humana.

Cuando la moral se rompe

Hay dos maneras en las que la máquina humana se estropea. Una de ellas ocurre cuando los individuos se apartan unos de otros, o chocan entre sí causándose daño, engañándose o agrediéndose. La otra tiene lugar cuando las cosas se estropean dentro del individuo.

La moral, pues, parece ocuparse de tres cosas

  • De la justicia y la armonía entre los individuos (la izquierda se fija casi exclusivamente en este aspecto, que es el más visible)
  • De lo que podríamos llamar ordenar o armonizar lo que acontece en el interior de cada individuo.
  • Del fin general de la vida humana como un todo: aquello para lo que el hombre ha sido creado; el rumbo que debería seguir toda la flota; la canción que el director de la orquesta quiere que ésta toque.

Errores del pensamiento moderno

Tal vez os hayáis dado cuenta de que las personas modernas están casi siempre pensando en la primera cosa y olvidándose de las otras dos.

Cuando un hombre dice acerca de algo que quiere hacer: «No puede ser malo, porque esto no le hace daño a nadie», sólo está pensando en la primera cosa. Piensa que no importa cómo esté su barco por dentro siempre que no choque con el barco de al lado. ¿De qué sirve enseñarle a los barcos a maniobrar para evitar colisiones si en realidad son unos trastos en tan mal estado que no pueden ser maniobrados en absoluto? ¿De qué sirve esbozar sobre el papel reglas de comportamiento social si sabemos que, de hecho, nuestra codicia, nuestra cobardía, nuestro mal carácter y nuestra vanidad van a impedirnos que las cumplamos? Nada, salvo el valor y la generosidad de los individuos, conseguirá que ningún sistema funcione correctamente.

Centrarse en la moralidad dentro del individuo

¿No supone una gran diferencia el hecho de que yo sea, por así decirlo, el propietario de mi mente y mi cuerpo, o sólo un inquilino, responsable sólo ante su verdadero propietario? Si alguien me ha creado para sus propios fines yo tendré muchos deberes que cumplir, deberes que no tendría si sencillamente me perteneciera a mí mismo.

Individuo más importante que el estado por ser inmortal

Más valdrá que me moleste, y mucho, si voy a vivir eternamente. Tal vez mi mal carácter o mis celos. Y la inmortalidad marca esta otra diferencia, que, por cierto, tiene una relación con la diferencia entre el totalitarismo y la democracia. El individuo es incomparablemente más importante, puesto que él es eterno, y la vida de un estado o una civilización, comparada con la suya, es sólo un momento.

2. LAS «VIRTUDES CARDINALES»

Las virtudes cardinales son aquellas que reconoce toda la gente civilizada; las teologales son aquellas que, principalmente, sólo conocen los cristianos. Se llamaron virtudes cardinales porque cumplen, por así decirlo, la función de un eje o pivote) Estas son: prudencia, templanza, justicia y fortaleza.

Wikimedia CommonsFile:Seven Virtues by Francesco Pesellino.jpg – Wikimedia Commons

Prudencia

Se refiere al práctico sentido común, a tomarse el trabajo de pensar en lo que uno está haciendo y en lo que podría resultar de ello. Cristo no quiso decir que debíamos permanecer como niños en cuanto a inteligencia: por el contrario, nos dijo que fuéramos no sólo «inocentes como palomas» sino también «cautos como serpientes». Cristo quiere un corazón de niño, pero una cabeza de adulto. También quiere toda la inteligencia de la que podamos disponer para estar alerta en el trabajo y en óptimo estado físico. El hecho de que estéis donando dinero a una obra de caridad no significa que no necesitéis averiguar si esa obra de caridad es un fraude o no. Quiere que todos hagan uso del sentido común que poseen. El cristianismo es una educación en sí mismo.

Templanza

No se refería en especial a la bebida, sino a todos los placeres, y no significaba abstenerse de ellos sino disfrutarlos hasta un límite adecuado y no más allá. La mala persona es que no puede renunciar a una cosa por sí solo sin querer que todos los demás renuncien también a ella. Un cristiano puede creer conveniente renunciar a toda clase de cosas por razones especiales: el matrimonio, la carne, la cerveza o el cine, pero en el momento en que empieza a decir que esas cosas son malas en sí, o a mirar con desprecio a otras personas que las practican, ha escogido el camino equivocado. La destemplanza implica la obsesión o el abuso de una actividad.

Justicia

Es «imparcialidad». Esto incluye la honestidad, la flexibilidad, la sinceridad, el cumplir con las promesas, y todos esos aspectos de la vida.

Fortaleza

Incluye dos tipos de valor: el que se enfrenta al peligro así como el que «aguanta» ante el dolor. Tener «riñones» es lo que más se aproximaría a esto en el lenguaje moderno. Os daréis cuenta, por supuesto, de que no podéis practicar ninguna de las demás virtudes por mucho tiempo sin que ésta haga su aparición.

La virtud es una cualidad del carácter

Existe una diferencia entre llevar a cabo una acción justa o templada y ser un hombre justo y templado. Alguien que no es un buen jugador de tenis podría de vez en cuando dar un buen golpe. Un hombre que persevera en hacer buenas acciones adquiere al final una cierta cualidad de carácter. Y entonces es a esa cualidad, antes que a sus acciones en particular, a lo que nos referimos cuando hablamos de «virtud».

Errores al considerar sólo acciones como virtudes

Si pensáramos solamente en las acciones en particular podríamos fomentar tres ideas equivocadas:

  • ¿Qué nos mueve a hacer algo? Las buenas acciones llevadas a cabo por motivos equivocados no ayudan a construir la cualidad interna o característica llamada «virtud». Ejemplo del jugador de tenis con saque fuerte porque pierde los estribos.
  • Podríamos pensar que Dios sólo quiere la simple obediencia a un conjunto de reglas, mientras que lo que quiere es personas de una determinada manera de ser.
  • Podríamos pensar que las «virtudes» son sólo necesarias en la vida presente. Si las personas no tienen al menos un indicio de tales cualidades en su interior, ninguna condición externa posible podría crear un «cielo» para ellas.

3. MORAL SOCIAL

Cristo no vino a cambiar la moral

Cristo no vino a predicar ninguna moral nueva. La regla de oro del Nuevo Testamento – haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti – es un resumen de lo que todos, en el fondo, sabíamos que era lo correcto. Los grandes maestros morales nunca introducen moralidades nuevas; sólo los embaucadores y los charlatanes lo hacen. El verdadero trabajo de todo maestro moral es seguir llevándonos, una y otra vez, a los antiguos y sencillos principios.

La Iglesia no debería hacer acción social

El cristianismo no tiene, ni pretende tener, un detallado programa político para aplicar el «haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti» a una sociedad en particular en un momento en particular. No podría tenerlo. Va dirigido a los hombres de todos los tiempos, y el programa en particular que se adecuase a un lugar o un momento no se adecuaría a otros. Cuando os dice que deis de comer al hambriento no os da clases de cocina. Cuando os dice que leáis las Escrituras no os da lecciones de griego o hebreo, y ni siquiera de gramática inglesa. Jamás fue destinado a reemplazar o a imponerse sobre las artes o las ciencias humanas en general.

La Iglesia debe cuidar de lo que nos concierne como criaturas que van a vivir para siempre. Los sacerdotes no deben meterse en política ni tareas civiles. Son seglares cristianos los que deben hacerlo.

La sociedad cristiana

  • No habría parásitos: todos deberían trabajar para producir cosas buenas
  • Obediencia
  • Trabajar con las manos
  • Alegre, nada de ansiedad
  • Caritativa
  • No publicidad ni chismosos ni pavoneos ni medallitas ni lujos innecesarios
  • No cobro de intereses ni inversiones
  • Economía social
  • Pinta de anticuada

No deberíamos encontrar ningún apoyo por parte del cristianismo para las ideas de nuestro grupo ideológico. Estamos buscando un aliado allí donde se nos ofrece o un Maestro… o un Juez.

Amar empieza por amar a Dios a través de Cristo

Yo podría repetir «Haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti» hasta que me salgan canas verdes, pero no podré realmente llevarlo a cabo hasta que ame a mi prójimo como a mí mismo. Y no puedo aprender a amar a mi prójimo como a mí mismo hasta que no aprenda a amar a Dios. Y no puedo aprender a amar a Dios salvo aprendiendo a obedecerle. Y así, como ya os lo advertí, llegamos a algo más interior… de los asuntos sociales a los asuntos religiosos. Porque el rodeo más largo es el camino más corto a casa.

4. LA MORAL Y EL PSICOANÁLISIS

El psicoanálisis y el cristianismo hacen cosas similares

Freud and Jung

Dado que la moral cristiana dice ser capaz de corregir la máquina humana, creo que os gustará saber cómo se relaciona con una técnica que parece preciarse de algo similar: en concreto, el psicoanálisis. La filosofía de Freud está en directa contradicción con el cristianismo, y también en directa contradicción con ese otro gran psicólogo, Jung. Además, cuando Freud habla de cómo curar a los neuróticos habla como especialista en su propio tema, pero cuando procede a hablar de filosofía en general habla como un aficionado. El psicoanálisis no es en absoluto contradictorio con el cristianismo.

El proceso de elección moral

La elección moral de un hombre implica dos cosas:

  • Una de ellas es el acto de elegir.
  • La otra son los diversos sentimientos, impulsos, etc. que le presenta su estructura psicológica, y que son el material en bruto de su elección. Este material en bruto puede ser de dos clases.
    • Una de ellas es lo que llamaríamos normal: puede consistir en la clase de sentimientos que son comunes a todos los hombres.
    • O, si no, puede consistir en sentimientos antinaturales debido a que algo ha ido mal en su subconsciente.

El miedo a cosas que son realmente peligrosas sería un ejemplo de la primera clase, y un miedo irracional a los gatos o las arañas sería un ejemplo de la segunda.

Terminado el problema psicoanalítico y empieza el problema moral

Lo que el psicoanálisis se encarga de hacer es eliminar los sentimientos anormales; es decir, darle al hombre un mejor material en bruto para llevar a cabo sus elecciones: la moral se ocupa de las elecciones en sí. Terminado el problema psicoanalítico y empieza el problema moral.

Lewis pone ejemplo de militares miedosos que se someten a psicoanálisis. Tras vencer miedos toman diferentes caminos fruto de sus elecciones morales. Esta diferencia es puramente moral, y el psicoanálisis no puede hacer nada al respecto. Por mucho que se mejore el material en bruto de un hombre, aún tenemos algo más: la auténtica y libre elección de ese hombre, basada en el material que se le facilita, de anteponer su propio beneficio o relegarlo a un último lugar.

Juzgamos lo que vemos exteriormente

Y esta libre elección es lo único que le concierne a la moral. El material psicológico malo no es un pecado sino una enfermedad. No necesita del arrepentimiento sino de la curación. Y por cierto, esto es muy importante. Los seres humanos se juzgan unos a otros por sus actos externos. Dios los juzga por sus elecciones morales.

Algunos de nosotros, que parecemos buenas personas, podemos haber hecho tan poco uso de una buena herencia genética y una buena educación, que somos en realidad peores que aquellos a los que consideramos delincuentes.

Por eso precisamente se les dice a los cristianos que no juzguen. Sólo vemos los resultados que las elecciones de un hombre extraen de su material en bruto. Pero Dios no juzga en absoluto a ese hombre por su material en bruto, sino por lo que ha hecho con él. La mayor parte de la estructura psicológica de un hombre se debe probablemente a su cuerpo: cuando su cuerpo muera todo eso se desprenderá de él, y el hombre central auténtico, aquello que eligió, el mejor o el peor partido que sacó de ese material, se quedará desnudo.

Toda clase de cosas buenas que creíamos eran nuestras, pero que en realidad se debían a una buena digestión, se desprenderán de nosotros, y toda clase de cosas malas que se debían a los complejos o a la mala salud de los demás se desprenderán de ellos. Y entonces, por primerísima vez, veremos a todos tal como son.

Cada elección afecta a nuestro núcleo central

Y esto nos lleva a mi segundo punto. La gente a menudo piensa en la moral cristiana como una especie de trato en el que Dios dice: «Si guardáis una serie de reglas os recompensaré, y si no las guardáis haré lo contrario.» Yo no creo que ésta sea la mejor manera de considerarla. Preferiría con mucho decir que cada vez que hacéis una elección estáis transformando el núcleo central de lo que sois en algo ligeramente diferente de lo que erais antes.

Y considerando vuestra vida como un todo, con todas sus innumerables elecciones, a lo largo de toda ella estáis transformando este núcleo central en una criatura celestial o en una criatura infernal: en una criatura que está en armonía con Dios, con las demás criaturas y con sí misma, o en una que está en un estado de guerra con Dios, con sus congéneres y con ella misma. Ser la primera clase de criatura es el cielo: es alegría, y paz, y conocimiento y poder. Ser la otra clase de criatura significa la locura, el horror, la imbecilidad, la rabia, la impotencia y la soledad eterna. Cada uno de nosotros, en cada momento, progresa hacia un estado o hacia otro.

Creamos Materia Fina que deja marcas en nuestro núcleo

Tras la mirada arrepentida

Eso explica lo que siempre solía intrigarme acerca de los escritores cristianos: parecen ser tan estrictos en un momento dado y tan libres y desenfadados en otro. Hablan acerca de meros pecados de pensamiento como si estos fueran inmensamente importantes, y luego hablan de los más terribles asesinatos y las más pavorosas traiciones como si lo único que hubiera que hacer fuese arrepentirse y todo será perdonado.

En lo que siempre están pensando es en la marca que cada uno de nuestros actos deja en ese minúsculo núcleo central que nadie ve en esta vida pero que cada uno de nosotros tendrá que soportar —o disfrutar- para siempre.

Un hombre puede estar situado de tal forma que su ira derrame la sangre de miles, y otro situado de forma tal que por muy airado que se encuentre sólo conseguirá que se rían de él. Pero la pequeña marca en el alma podría ser más o menos la misma en ambos casos.

Cada uno de ellos se ha hecho algo a sí mismo que, a menos que se arrepienta, hará que sea más difícil para él mantenerse lejos de la ira la próxima vez que sea tentado, y hará que la ira sea peor cuando caiga en la tentación. Cada uno de ellos, si se vuelve de verdad a Dios, puede hacer que ese núcleo central se enderece de nuevo; cada uno de ellos está, a la larga, condenado si no lo hace. La importancia o insignificancia de la cosa, vista desde fuera, no es lo que realmente importa.

El buen camino aumenta conocimiento de nuestro mal

Un último punto. Recordad que, como he dicho, la dirección correcta lleva no sólo a la paz sino al conocimiento. Cuando un hombre se va haciendo mejor, comprende cada vez con más claridad el mal que aún queda dentro de él. Cuando un hombre se hace peor, comprende cada vez menos su maldad. Un hombre moderadamente malo sabe que no es muy bueno: un hombre totalmente malo piensa que está bastante bien. Podemos comprender la naturaleza de la borrachera cuando estamos sobrios, no cuando estamos borrachos. La buena gente conoce lo que es el bien y lo que es el mal; la mala gente no conoce ninguno de los dos.

5. MORAL SEXUAL

Diferencia castidad vs decencia

La regla social de la decencia establece qué porción del cuerpo humano debería ser enseñada y a qué temas debe referirse, y qué palabras deben usarse, según las costumbres de un cierto círculo social. Así, mientras que la regla de castidad es la misma para todos los cristianos de todos los tiempos, la regla de la decencia cambia. Ejemplo muchacha pacífico igual de decente que dama victoriana.

El cristianismo no se avergüenza del sexo

La gente moderna siempre está diciendo: «El sexo no es algo de lo que debamos avergonzarnos.» Pueden querer decir dos cosas. Pueden querer decir: «No hay nada de qué avergonzarse en el hecho de que la raza humana se reproduce de una cierta manera, ni en el hecho de que esto produzca placer.» Si se refieren a eso, tienen razón. El cristianismo dice lo mismo.

El cristianismo ha glorificado el matrimonio más que ninguna otra religión, y casi toda la mejor poesía de amor del mundo ha sido escrita por cristianos.

Debemos avergonzarnos del sexo desmedido

Pero, por supuesto, cuando la gente dice: «El sexo no es algo de lo que debamos avergonzarnos», puede querer decir: «el estado en el que se encuentra ahora el instinto sexual no es nada de lo que debamos avergonzarnos». El cristianismo debe avergonzarse de esto.

Hay gente que quiere mantener nuestro instinto sexual inflamado para sacar dinero de ello. Porque, naturalmente, un hombre con una obsesión es un hombre que tiene muy poca resistencia a lo que pueda vendérsele. Debemos querer ser curados de esta adicción al sexo.

Tres razones por las que nos cuesta la castidad

El sexo no es saludable por sí mismo

Wikimedia CommonsFile:Jealousy and Flirtation.jpg – Wikimedia Commons

La mentira consiste en pretender que todo acto sexual al que te sientes tentado es ipso facto saludable y normal. Pues bien; esto, desde cualquier punto de vista, y sin ninguna relación con el cristianismo, tiene que ser una insensatez. Ceder a todos nuestros deseos evidentemente conduce a la impotencia, la enfermedad, los celos, la mentira, la ocultación y todo aquello que es lo opuesto a la felicidad, la franqueza y el buen humor. Para cualquier tipo de felicidad, incluso en este mundo, se necesitará una gran dosis de control, de modo que lo que pretende cualquier clase de deseo fuerte, ser sano y razonable, no cuenta para nada.

Todo hombre cuerdo y civilizado debe tener un conjunto de principios según los cuales elija rechazar algunos de sus deseos y permitir otros. Un hombre hace esto basándose en los principios cristianos; otro, en principios de higiene; otro, en principios sociológicos.

El verdadero conflicto no está entre el cristianismo y la «naturaleza», sino entre los principios cristianos y otros principios en el control de la «naturaleza». Puesto que la «naturaleza» (en el sentido de los deseos naturales) tendrá que ser controlada de todos modos, a menos que uno prefiera arruinar toda su vida.

Poder de levantarse para depender de Dios

Muy a menudo, lo que Dios nos otorga primero no es la virtud en sí sino este poder de levantarse y volver a intentarlo de nuevo. Nos cura de nuestras ilusiones con respecto a nosotros mismos y nos enseña a depender de Dios. Por un lado, aprendemos que no podemos confiar en nosotros mismos ni siquiera en nuestros mejores momentos y, por el otro, que no debemos desesperar ni en nuestros peores momentos, porque nuestros fracasos son perdonados. La única cosa fatal es sentirse satisfecho con cualquier cosa que no sea la perfección.

Malinterpretación de lo que la psicología enseña de las «represiones»

Un deseo o pensamiento reprimido es uno que ha sido relegado al subconsciente (generalmente a una edad muy temprana) y que puede presentarse ahora a la conciencia sólo de un modo disfrazado e irreconocible.

La virtud —incluso la virtud que se intenta— trae consigo la luz; la permisividad trae las tinieblas.

El centro de la moral cristiana no reside en el sexo

Los peores placeres son puramente espirituales: el placer de dejar a alguien en ridículo, el placer de dominar, de tratar con desprecio, de denigrar; el placer del poder o del odio. Puesto que hay dos elementos en mí, compitiendo con el ser humano en el que debo intentar convertirme. Estos son el ser Animal y el ser Diabólico. El ser Diabólico es el peor de los dos. Por eso un hipócrita frío y autocomplaciente que acude regularmente a la iglesia puede estar mucho más cerca del infierno que una prostituta.

6. EL MATRIMONIO CRISTIANO

Una sola carne indisoluble para siempre

En palabras de Cristo el hombre y la mujer en matrimonio son una sola carne. El inventor de la máquina humana nos estaba diciendo que sus dos mitades, la masculina y la femenina, estaban hechas para combinarse entre ellas en parejas, no simplemente en el nivel sexual, sino combinadas totalmente.

El cristianismo enseña que el matrimonio es para toda la vida. El divorcio es como seccionar un cuerpo. Importante guardar la virtud de la justicia para mantener las promesas hechas durante el enamoramiento.

No se puede convivir sin casarse

Si la gente no cree en el matrimonio permanente, tal vez sea mejor que vivan juntos sin casarse antes que hacer promesas que no tienen la intención de cumplir. Es verdad que viviendo juntos sin casarse serán culpables (a los ojos del cristianismo) de fornicación. Pero una falta no es enmendada añadiéndole otra: la falta de castidad no mejora añadiéndole el perjurio.

Promesas realistas deben cumplirse

Promesas de amor

Como señaló Chesterton, los que están enamorados tienen una inclinación natural a vincularse por medio de promesas. Las canciones de amor del mundo entero están llenas de promesas de fidelidad eterna. La ley cristiana no impone sobre la pasión del amor algo que es ajeno a la naturaleza de esa pasión: exige que los enamorados se tomen en serio algo que su pasión por sí misma los impulsa a hacer. Y, por supuesto, la promesa, hecha cuando estoy enamorado y porque estoy enamorado, de ser fiel al ser amado durante toda mi vida, me compromete a ser fiel aunque deje de estar enamorado. Una promesa debe ser hecha acerca de cosas que yo puedo hacer, acerca de actos: nadie puede prometer seguir sintiendo los mismos sentimientos. Sería lo mismo que prometiese no volver a sufrir ningún dolor de cabeza o tener siempre apetito.

¿Pero de qué sirve, podría preguntarse, mantener juntas a dos personas cuando ya no están enamoradas? Hay varias razones sociales de peso: proporcionarle un hogar a sus hijos, proteger a la mujer (que seguramente ha sacrificado o perjudicado su propia carrera para casarse) de ser abandonada cuando su marido se ha cansado de ella.

Qué es el amor verdadero

Dejar de «estar enamorados» no necesariamente implica dejar de amar. El amor en este otro sentido, el amor como distinto de «estar enamorado», no es meramente un sentimiento. Es una profunda unidad, mantenida por la voluntad y deliberadamente reforzada por el hábito; reforzada por (en los matrimonios cristianos) la gracia que ambos cónyuges piden, y reciben, de Dios. Pueden sentir este amor el uno por el otro incluso en los momentos en que no se gustan, del mismo modo que yo me amo a mí mismo incluso si no me gusto. Pueden retener este amor incluso cuando cada uno podría fácilmente, si se lo permitieran, estar «enamorado» de otra persona. «Estar enamorados» los llevó primero a prometerse fidelidad; este amor más tranquilo les permite guardar esa promesa. Es a base de este amor como funciona el motor del matrimonio: estar enamorados fue la ignición que lo puso en marcha.

Muerte de la primera emoción y vuelta rutinas deprimentes

La semilla debe morir para dar fruto

Si se sigue adelante, la desaparición de la primera emoción será compensada por un interés más sosegado y duradero. Lo que es más (y apenas encuentro palabras para deciros lo importante que considero esto); es justamente la gente que está dispuesta a someterse a la pérdida de esa primera intensa emoción y amoldarse al interés más sobrio la que tiene más probabilidad de encontrar nuevas emociones en otras direcciones diferentes. El hombre que ha aprendido a volar y se convierte en un buen piloto descubrirá de pronto la música; el hombre que se ha establecido en ese lugar encantador descubrirá la jardinería.

Esto es, en mi opinión, una pequeña parte de aquello a lo que Cristo se refería cuando dijo que una cosa no vivirá verdaderamente a menos que muera primero. Es sencillamente inútil intentar conservar las emociones fuertes: eso es lo peor que se puede hacer. Dejad que esas sensaciones desaparezcan —dejad que mueran—, seguid adelante a través de ese período de muerte hacia el interés más sosegado y la felicidad que lo suceden, y descubriréis que estáis viviendo en un mundo que os proporciona nuevas emociones todo el tiempo.

El hombre debe ser cabeza familiar

Las esposas cristianas prometen obedecer a sus maridos. En un matrimonio cristiano se dice que el hombre es «la cabeza». Es indudable que sólo puede ocurrir una de dos cosas: o deben separarse e ir cada uno por su lado, o uno de los dos debe tener un voto decisivo. Si el matrimonio es permanente, una de las dos partes debe, en última instancia, tener el poder de decidir la política familiar.

Debe de haber algo antinatural acerca de la supremacía de las mujeres sobre los maridos, porque las mujeres mismas se avergüenzan de ella y desprecian a los maridos a quienes dominan. Deben depender, en última instancia, del hombre, porque éste siempre debería ser, y suele serlo, mucho más justo con los extraños. Una mujer principalmente está luchando por sus hijos y su marido contra el resto del mundo. Naturalmente, y casi, en un sentido, con justicia, sus derechos se imponen, para ella, a todos los demás.

7. EL PERDÓN

Perdonar es difícil: empezar por reconocerse pecador

Tenemos que empezar por amar al prójimo, pero antes a nosotros mismos. «Ama a tu prójimo» no significa «tenle cariño» o «encuéntralo atractivo». El amor que me tengo hace que me tenga por una buena persona, pero tenerme por una buena persona no es la razón por la que me amo a mí mismo. De modo que amar a mis enemigos tampoco parece significar que los tenga por buenas personas. En mis momentos más clarividentes no sólo no me considero una buena persona sino que sé que soy una persona muy mala. Puedo contemplar algunas de las cosas que he hecho con rechazo y horror.

Odiar el pecado pero no al pecador

¿Cómo se podía odiar lo que hacía un hombre y no odiar al hombre? Pero años más tarde se me ocurrió que había un hombre con el que yo había puesto esto en práctica durante toda mi vida. Ese hombre era yo mismo. Por mucho que me disgustase mi cobardía o mi vanidad o mi codicia, seguía queriéndome a mí mismo.

El cristianismo quiere que las odiemos del mismo modo en que odiamos esas cosas en nosotros mismos: lamentando que ese hombre haya hecho esas cosas y esperando, si es posible, que de algún modo, en algún momento, en algún lugar, el hombre puede ser curado y humanizado de nuevo.

Sobre el castigo: importancia de los núcleos

¿Amar a nuestros enemigos significa no castigarlos? No, porque amarme a mí mismo no significa que no deba someterme a mí mismo a castigo, incluso a la muerte.

Si a uno se le permite condenar las acciones del enemigo, y castigarlo, y matarlo, ¿qué diferencia hay entre la moral cristiana y el punto de vista corriente? Toda la diferencia del mundo. Recordad que los cristianos pensamos que el hombre vive para siempre. Por lo tanto, lo que realmente importa son esas pequeñas marcas o señales en la parte interior o central del alma que van a convertirla, a la larga, en una criatura celestial o una criatura demoníaca. En otras palabras, algo dentro de nosotros, el resentimiento, la sensación de venganza, deben sencillamente ser aniquilados.

Hay que desear siempre lo mejor a los demás

Mientras matamos o castigamos debemos tratar de sentir por el enemigo lo que sentimos por nosotros mismos: desear que no fuese tan malo, esperar que pueda, en este mundo o en el otro, ser curado; de hecho, desearle el bien. A eso es a lo que se refiere la Biblia cuando dice que debemos amar a nuestros enemigos: deseándoles el bien, y no teniéndoles afecto o diciendo que son buenos cuando no lo son. Admito que esto significa amar a personas que no tienen nada de amable. Pero, ¿tiene uno mismo algo de amable? Uno se ama simplemente porque es uno.

8. EL GRAN PECADO: orgullo (y vanidad)

El pecado del orgullo o vanidad es lo opuesto a la virtud de la humildad. Es el centro de la moral cristiana. Conduce a los demás vicios. Es el estado mental completamente anti Dios.

¿Cómo medir nuestro orgullo?

Poncio Pilato ante Jesús

Si queréis averiguar lo orgullosos que sois lo más fácil es preguntaros: «¿Hasta qué punto me disgusta que otros me desprecien, o se nieguen a fijarse en mí, o se entrometan en mi vida, o me traten con paternalismo, o se den aires?»

Es competitivo, basado en la comparación y deseo de poder

Es competitivo. Es la comparación lo que nos vuelve orgullosos: el placer de estar por encima de los demás. Quiere poseer algo más de eso que el vecino. Un hombre orgulloso os quitará la mujer, no porque la desee, sino para demostrarse a sí mismo que es mejor que vosotros. La codicia puede empujar a dos hombres a competir si no hay bastante de lo que sea para los dos, pero el hombre orgulloso, incluso cuando ya tiene más de lo que necesita, intentará obtener aún más para afirmar su poder. Casi todos los males del mundo que la gente atribuye a la codicia o al egoísmo son, en mucha mayor medida, el resultado del orgullo. Desea poder para manipular a los demás.

Convierte al prójimo en rival y enemigo

Web Gallery of ArtThe Arrogance of Rehoboam by HOLBEIN, Hans the Younger

El orgullo siempre significa la enemistad: es la enemistad. Y no sólo la enemistad entre hombre y hombre, sino también la enemistad entre el hombre y Dios. En Dios nos encontramos con algo que es en todos los aspectos inconmensurablemente superior a nosotros. A menos que reconozcamos esto —y, por lo tanto, que nos reconozcamos como nada en comparación— no conocemos a Dios en absoluto. Un hombre orgulloso siempre desprecia todo lo que considera por debajo de él, y, naturalmente, mientras se desprecia lo que se considera por debajo de uno, no es posible apreciar lo que está por encima.

La presencia ante Dios

El Fariseo y el Publicano

Cada vez que pensemos que nuestra vida religiosa nos está haciendo sentir que somos buenos —y sobre todo que somos mejores que los demás— creo que podemos estar seguros de que es el diablo, y no Dios, quien está obrando en nosotros. La auténtica prueba de que estamos en presencia de Dios es que, o nos olvidamos por completo de nosotros mismos, o nos vemos como objetos pequeños y despreciables. Y es mejor olvidarnos por completo de nosotros mismos.

No usar el orgullo para sanar vicios menores

Los otros, y menos malos, vicios, vienen de que el demonio actúa en nosotros a través de nuestra naturaleza animal. Pero éste no viene a través de nuestra naturaleza animal en absoluto. Este viene directamente del infierno. Es puramente espiritual, y en consecuencia, es mucho más mortífero y sutil. Por la misma razón, el orgullo puede ser a menudo utilizado para combatir los vicios menores. Los maestros, de hecho, a menudo acuden al orgullo de los alumnos, o, como ellos lo llaman, a la estimación que sienten por sí mismos, para impulsarles a comportarse correctamente: más de un hombre ha superado la cobardía, la lujuria o el mal carácter aprendiendo a pensar que estas cosas no son dignas de él… es decir, por orgullo. El demonio se ríe. Le importa muy poco ver cómo os hacéis castos y valientes y dueños de vuestros impulsos siempre que, en todo momento, él esté infligiendo en vosotros la dictadura del orgullo… del mismo modo que no le importaría que se os curasen los sabañones si se le permitiera a cambio infligiros un cáncer. Porque el orgullo es un cáncer espiritual, devora la posibilidad misma del amor, de la satisfacción, o incluso del sentido común.

Malentendidos sobre el orgullo

El placer ante el elogio – la complacencia – no es orgullo

El niño al que se felicita por haberse aprendido bien su lección, la mujer cuya belleza es alabada por su amante, el alma redimida a la que Cristo dice «Bien hecho», se sienten complacidos, y así debería ser. Porque aquí el placer reside no en lo que somos, sino en el hecho de que hemos complacido a alguien a quien queríamos (y con razón) complacer. El problema empieza cuando se pasa de pensar «Le he complacido: todo está bien», a pensar: «Qué estupenda persona debo ser para haberlo hecho.» Cuanto más nos deleitamos en nosotros mismos y menos en el elogio, peores nos hacemos.

La vanidad es el orgullo más liviano e infantil

Un defecto humilde. Demuestra que no estás del todo satisfecho con tu propia admiración. Das a los demás el valor suficiente como para querer que te miren. Sigues, de hecho, siendo humano. El orgullo auténticamente negro y diabólico viene cuando desprecias tanto a los demás que no te importa lo que piensen de ti. Debemos tratar de no ser vanidosos, pero jamás hemos de recurrir a nuestro orgullo para curar nuestra vanidad. Por ejemplo como el que no le importa la opinión de la chusma porque el considera que ha hecho su deber por la patria o sus ideales.

Sentirse orgulloso de algo, una admiración nos saca de nosotros mismos

Una admiración inicial por algo distinto a uno mismo no es malo. La jactancia sería una falta, pero aún así sería mejor que sentirse orgulloso sencillamente de sí mismo. Amar o admirar cualquier cosa que no sea uno es alejarse un paso de la ruina espiritual absoluta; aunque no estaremos bien mientras amemos o admiremos cualquier cosa más de lo que amamos y admiramos a Dios.

Dios no es orgulloso ni exige humildad per se

No debemos pensar que el orgullo es algo que Dios prohíbe porque se siente ofendido por él, o que la humildad es algo que él exige como algo debido a Su dignidad… como si Dios mismo fuese orgulloso. A Dios no le preocupa en lo más mínimo Su dignidad. El hecho es que Él quiere que le conozcamos: quiere entregarse a Sí mismo. Dios está intentando hacernos humildes para que este momento sea posible; está intentando despojarnos de todos los vanos adornos y disfraces con los que nos hemos ataviado y con le que nos paseamos como pequeños imbéciles que somos.

El verdadero hombre humilde: primer paso reconocer orgullo

No será la clase de persona untuosa y reverente que cesa de decir que él, naturalmente, no es nadie. Seguramente lo que pensaréis de él es que se trata de un hombre alegre e inteligente que pareció interesarse realmente en lo que vosotros le decíais a él. Si os cae mal será porque sentís una cierta envidia de alguien que parece disfrutar con tanta facilidad de la vida. Ese nombre no estará pensando en la humildad: no estará pensando en sí mismo en absoluto. Si alguien quiere adquirir humildad, creo que puedo decirle cuál es el primer paso. El primer paso es darse cuenta de que uno es orgulloso.

9. CARIDAD

Estado de la voluntad a alentar disfrutando de todos los demás

Caridad significa «amor en el sentido cristiano». Pero el amor, en el sentido cristiano, no significa una emoción. Es un estado, no de los sentimientos, sino de la voluntad; el estado de la voluntad que naturalmente tenemos acerca de nosotros mismos, y que debemos aprender a tener acerca de los demás.

Es normalmente un deber alentar nuestros afectos —«gustar» de la gente tanto como podamos (del mismo modo que a menudo debemos alentar nuestro gusto por el ejercicio o la comida sana)— no porque este afecto sea en sí mismo la virtud de la caridad, sino porque la ayuda. Por otro lado, también es necesario mantener una atenta vigilancia en caso de que nuestra simpatía por una persona en particular nos vuelva menos caritativos, o incluso injustos, con alguien más.

No son sentimientos, comportarse como si nos gustaran

Sería equivocado pensar que el modo de volverse caritativo es tratar de fabricar sentimientos de afecto. Algunas personas son «frías» por naturaleza; puede que eso sea una desgracia para ellos, pero no es más pecado que hacer mal la digestión, y no los aleja de la posibilidad, o los disculpa del deber, de aprender a ser caritativos. La regla para todos nosotros es perfectamente simple. No perdáis el tiempo preguntándoos si «amáis» a vuestro prójimo: comportaos como si fuera así. En cuanto hacemos esto, descubrimos uno de los grandes secretos. Cuando nos comportamos como si amásemos a alguien, al cabo del tiempo llegaremos a amarlo. Si le hacemos daño a alguien que nos disgusta, descubriremos que nos disgusta aún más que antes. Si le hacemos un favor, encontraremos que nos disgusta menos.

El cristiano frente al hombre moderno

A pesar de que la caridad cristiana le parece algo muy frío a la gente que piensa en el sentimentalismo, y aunque es bastante distinta del afecto, conduce, sin embargo, al afecto. La diferencia entre un cristiano y un hombre mundano no es que el hombre mundano sólo siente afectos o «simpatías» y el cristiano sólo siente «caridad». El hombre mundano trata a ciertas personas amablemente porque le «gustan»; el cristiano, intentando tratar a todo el mundo amablemente, se encuentra a sí mismo gustando cada vez de más gente, incluyendo personas que al principio jamás se hubiera imaginado le gustarían.

Cuanto más crueles seamos, más odiaremos, y cuanto más odiemos, más crueles nos volveremos… y así sucesivamente en un círculo vicioso para siempre. El mal y el bien aumentan los dos a un interés compuesto. Por eso, las pequeñas decisiones que vosotros y yo hacemos todos los días son de una importancia infinita.

Caridad también es el amor a Dios

Escritores utilizan la palabra caridad para describir no sólo el amor cristiano entre seres humanos, sino también el amor de Dios para con los hombres y de los hombres para con Dios. Acerca de la segunda clase de amor la gente a menudo se preocupa. Se les dice que deben amar a Dios. Y no pueden hallar ese sentimiento en sí mismos. ¿Qué deben hacer? La respuesta es la misma que antes. Comportaos como si lo amarais. No intentéis fabricar sentimientos. Preguntaos: «Si yo estuviera seguro de amar a Dios, ¿qué haría?» Cuando hayáis encontrado la respuesta, id y hacedlo.

Es un tema de voluntad, no de sentimientos

Los sentimientos no son lo que a Dios le importa más. El amor cristiano, ya sea hacia Dios o hacia el hombre, es un asunto de la voluntad. Si intentamos hacer Su voluntad estamos obedeciendo el mandamiento «Amarás al Señor tu Dios». Lo más importante que debemos recordar es que, aunque nuestros sentimientos vienen y van, el amor de Dios por nosotros no lo hace. No se fatiga por nuestros pecados o nuestra indiferencia, y, por lo tanto, es incansable en su determinación de que seremos curados de esos pecados, no importa lo que nos cueste, no importa lo que le cueste a Él.

10. ESPERANZA

Esperanza es una expectativa continua en miras más grandes

Es una continua expectativa de un deseo o vida eterna. Los cristianos que más hicieron por este mundo fueron los que más pensaron en el otro mundo. Si nuestro objetivo es el cielo, la tierra se nos dará por añadidura; si nuestro objetivo es la tierra, no tendremos ninguna de las dos cosas. Parece una extraña regla, pero algo parecido puede verse funcionando en otros asuntos:

FlickrA hypochondriac surrounded by doleful spectres. Coloured e… | Flickr

La salud es una gran bendición, pero en el momento en que hacemos de ella uno de nuestros objetivos directos y principales, nos convertimos en unos hipocondríacos y empezamos a pensar que estamos enfermos. Es probable que disfrutemos de salud sólo si deseamos más otras cosas… comida, juegos, trabajo, diversión, aire libre. Del mismo modo, jamás salvaremos a la civilización mientras la civilización sea nuestro principal objetivo. Debemos aprender a desear otras cosas aún más.

Actitud ante el deseo

Desear el cielo es complicado porque nuestras mentes son educadas en lo terrenal. Tampoco sabemos mirar en nuestro corazón y saber lo que deseamos, ese deseo que sentimos la primera vez que hacemos algo: enamorarnos, comocer un tema o pensamos en un país extranjero. Hubo algo que percibimos, en esos primeros momentos de deseo, que simplemente se esfuma en la realidad.

Maneras de tratar la esperanza

  • El necio: echa la culpa a las cosas en sí. Si hubiera intentado con otra mujer. Eterno insatisfecho que piensa que lo último será lo definitivo y verdadero. Rico aburrido e insatisfecho que va de mujer en mujer.
  • El hombre práctico desencantado: no tiene edad para disfrutar. No espera demasiado de las cosas y se reprime. Suele ser pedante con aire de superioridad ante el resto, a los que trata como adolescentes. Se arrepienten antes de morir por no haber disfrutado debido a ese supuesto sentido común.
  • El cristiano: Las criaturas no nacen con deseos a menos que exista la satisfacción de esos deseos. Si encuentro en mí mismo un deseo que nada de este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro mundo.

La esperanza cristiana

Debo mantener vivo en mí mismo el deseo de mi verdadero país, que no encontraré hasta después de mi muerte; jamás debo dejar que se oculte o se haga a un lado; debo hacer que el principal objetivo de mi vida sea seguir el rumbo que me lleve a ese país y ayudar a los demás a hacer lo mismo.

No hay necesidad de preocuparse por los bromistas que intentan ridiculizar la idea del «Cielo» cristiano diciendo que no quieren «pasarse el resto de la eternidad tocando el arpa». La respuesta a esas personas es que si no pueden comprender libros escritos para personas mayores no deberían hablar de ellos. Toda la imaginería de las Escrituras (arpas, coronas, oro, etc.) es, por supuesto, un intento meramente simbólico de expresar lo inexpresable. La gente que toma estos símbolos literalmente bien puede creer que cuando Cristo nos dijo que fuéramos como palomas quería decir que debíamos poner huevos.

11. FE

Dos sentidos de la fe cristiana: creencia y firmeza ante cambios de ánimo

En el primer sentido, significa simplemente creencia: aceptar o considerar como verdad las doctrinas del cristianismo. Los cristianos consideren a la fe en este sentido como una virtud. Yo solía preguntarme cómo podía ser una virtud… ¿Qué hay de moral o de inmoral en creer o en no creer un conjunto de afirmaciones? Es evidente, solía decirme, que un hombre cuerdo acepta o rechaza cualquier afirmación, no porque quiera o no quiera, sino porque la evidencia le parece suficiente o insuficiente. Si me equivocara acerca de la validez o invalidez de la evidencia, eso no significaría que era un mal hombre, sino sólo que no era muy inteligente.

En segundo lugar, asumía que la mente humana está completamente regida por la razón. Pero esto no es así. No es la razón lo que me despoja de mi fe: por el contrario, mi fe está basada en la razón. Son mi imaginación y mis emociones. La batalla es entre la fe y la razón por un lado y la imaginación por el otro.

Nuestros sentidos y emociones pueden destruir nuestra fe en lo que realmente sabemos que es verdad. Por ejemplo cuando sabemos que no deberíamos contar algo a una chica bonita o cuando un niño nadador deja de creer que su cuerpo flota sin su instructor de natación.

Primer sentido: firmeza, ser hombre cabal

La fe, en el sentido en el que utilizo ahora esa palabra, es el arte de aferrarse a las cosas que vuestra razón ha aceptado una vez, a pesar de vuestros cambios de ánimo. Ya que el ánimo cambiará, os diga lo que os diga vuestra razón.

Precisamente por eso la fe es una virtud tan necesaria: a menos que les enseñéis a vuestros estados de ánimo «a ponerse en su lugar» nunca podréis ser cristianos cabales, o ni siquiera ateos cabales, sino criaturas que oscilan de un lado a otro, y cuyas creencias realmente dependen del tiempo o del estado de vuestra digestión.

Hay que fortalecer la fe con recuerdo, alimentar la fe

Full title: The Virgin in Prayer Artist: Sassoferrato Date made: 1640-50 Source: http://www.nationalgalleryimages.co.uk/ Contact: picture.library@nationalgallery.co.uk Copyright ?? The National Gallery, London

El primer paso es reconocer el hecho de que vuestros estados de ánimo cambian. El siguiente es asegurarse de que, si habéis aceptado el cristianismo, algunas de sus principales doctrinas serán deliberadamente expuestas a vuestra mente todos los días. Se nos tiene que recordar continuamente aquello en lo que creemos. Ni esta creencia ni ninguna otra permanecerá automáticamente viva en la mente. Debe ser alimentada.

Segundo sentido: practicar virtudes lleva al fracaso

Debo referirme a la fe en su segundo, o más importante, sentido. Y esto es lo más difícil que he tenido que hacer hasta ahora. Quiero acercarme al asunto volviendo el tema de la humildad. Recordaréis que dije que el primer paso hacia la humildad era darse cuenta de que uno es orgulloso. Ahora quiero añadir que el paso siguiente es hacer un intento serio de practicar las virtudes cristianas.

Sobre la maldad

Ningún hombre sabe lo malo que es hasta que ha intentado con todas sus fuerzas ser bueno. Circula la absurda idea de que los buenos no saben lo que es la tentación. Esta es una mentira evidente.

Los malos, en un sentido, saben muy poco de la maldad. Han vivido una vida protegida porque han cedido siempre a ella. Jamás averiguamos la fuerza del impulso del mal dentro de nosotros hasta que intentamos luchar contra él, y Cristo, porque fue el único hombre que jamás cedió ante la tentación, es también el único hombre que sabe absolutamente lo que la tentación significa… el único realista total.

La práctica de la virtud lleva al fracaso

Muy bien, pues. Lo más importante que aprendemos de un intento serio de practicar las virtudes cristianas es que fracasamos. Si teníamos la idea de que Dios nos había puesto una especie de examen o pacto, y de que podíamos obtener buenas notas mereciéndolas, esa idea tiene que ser abandonada.

Último descubrimiento: todo viene dado por Dios

Después viene otro descubrimiento. Todas las facultades que tenemos, nuestra capacidad de pensar o de mover nuestros miembros en todo momento nos son dadas por Dios. Si dedicásemos cada momento de nuestra vida exclusivamente a Su servicio no podríamos darle nada que no fuese, en un sentido, Suyo ya.

Cuando un hombre ha hecho estos dos descubrimientos, Dios puede empezar realmente a trabajar. Es después de esto cuando empieza la auténtica vida.

12. FE

Resumen punto anterior sobre la fe

La cuestión de la fe en el sentido más amplio surge después de que un hombre ha hecho lo posible por practicar las virtudes cristianas, y ha descubierto su fracaso, y ha visto que incluso si pudiera ponerlas en práctica sólo le estaría devolviendo a Dios lo que ya es de Dios. En otras palabras, descubre su insolvencia.

Nuestra relación con Dios

Lo que a Dios le importa no son exactamente nuestras acciones. Lo que le importa es que seamos criaturas de una cierta calidad -la clase de criaturas que Él quiso que fuéramos—, criaturas relacionadas con Él de una cierta manera. No añado «y relacionadas entre ellas de una cierta manera», porque eso ya está incluido: si estáis a bien con Él inevitablemente estaréis a bien con todas las demás criaturas, del mismo modo que si todos los rayos de una rueda encajan correctamente en el centro y en el aro estarán inevitablemente en la posición correcta unos con respecto de otros.

Y mientras un hombre piense en Dios como en un examinador que le ha puesto una especie de examen, o como la parte contraria en una especie de pacto —mientras esté pensando en reclamaciones y contrarreclamaciones entre él y Dios— aún no está en la relación adecuada con El.

El esfuerzo moral lleva a Dios a través del abandono

El camino de vuelta hacia Dios es un camino de esfuerzo moral, de intentarlo cada vez con más empeño. Pero en otro sentido, no es el esfuerzo lo que nos va a llevar de vuelta a casa. Todo este esfuerzo nos lleva a ese momento vital en el que nos volvemos a Dios y le decimos: «Tú debes hacerlo. Yo no puedo.»

No somos conscientes de los momentos importantes de la vida

No empecéis, os lo imploro, a preguntaros: «¿He llegado yo a ese momento?» No os sentéis a contemplar vuestra mente para ver si va haciendo progresos. Eso le desvía mucho a uno. Cuando ocurren las cosas más importantes de nuestra vida, a menudo no sabemos, en ese momento, lo que está sucediendo. Un hombre no se dice a menudo: «¡Vaya! Estoy madurando.» Muchas veces es sólo cuando mira hacia atrás cuando se da cuenta de lo que ha ocurrido y lo reconoce como lo que la gente llama «madurar».

Madurar es un proceso gradual, es el cambio de sentirnos confiados en nuestros propios esfuerzos al estado en que desesperamos de hacer nada por nosotros mismos y se lo dejamos a Dios.

Dejárselo a Dios

Es el hombre que pone toda su confianza en Cristo; confía en que Cristo de alguna manera compartirá con él la perfecta obediencia humana que llevó a cabo desde Su nacimiento hasta Su crucifixión: que Cristo hará a ese hombre más parecido a El y que, en cierto sentido, hará buenas sus deficiencias. En el lenguaje cristiano, compartirá Su «filiación» con nosotros; nos convertirá, como El, en Hijos de Dios. Veremos esto con más profundidad en el libro IV.

Dios lo ofrece todo por nada

Cristo nos ofrece algo por nada. Incluso nos lo ofrece todo por nada. En cierto modo, toda la vida cristiana consiste en aceptar este asombroso ofrecimiento. Pero la dificultad está en alcanzar el punto en el que reconocemos qué todo lo que hemos hecho y podemos hacer es nada. Ninguna tentación es superada hasta que no dejamos de intentar superarla… hasta que no tiramos la toalla.

Si confiamos en Cristo tenemos que hacer lo que dice

Dejarlo todo en manos de Cristo no significa, naturalmente, que dejemos de intentarlo. Confiar en El quiere decir, por supuesto, intentar hacer todo lo que Él dice. No tendría sentido decir que confiamos en una persona si no vamos a seguir su consejo. Así, si verdaderamente os habéis puesto en Sus manos, de esto debe seguirse que estáis tratando de obedecerle. Pero lo estáis haciendo de una manera nueva, de una manera menos preocupada.

Debate obras o fe

Me parece algo así como preguntar cuál de las dos cuchillas de una tijera es la más útil. Un serio esfuerzo moral es lo único que os llevará al punto en el que tiréis la toalla. La fe en Cristo es lo único que en ese punto os salvará de la desesperación: y de esa fe en El deben venir inevitablemente las buenas acciones.

Respuesta a los que creen en obras: no es un mercadeo

La respuesta a esta insensatez, por supuesto, sería que las buenas acciones hechas por ese motivo, hechas con la idea de que el Cielo puede comprarse, no serían buenas acciones en absoluto, sino sólo especulaciones comerciales.

Respuesta a los que creen en la fe: no es algo intelectual

La respuesta a esta insensatez es que, si lo que llamáis vuestra «fe» en Cristo no implica prestar la menor atención a lo que Él dice, entonces no es fe en absoluto… no es fe ni confianza en El, sino sólo aceptación intelectual de alguna teoría acerca de Él.

Qué dice la Biblia

La Biblia parece dar por zanjado el asunto cuando pone ambas cosas juntas en una misma frase. La primera mitad de esa frase es: «Trabajad en vuestra propia salvación con temor y estremecimiento», lo que hace pensar que todo depende de nosotros y de nuestras buenas acciones. Pero la segunda mitad dice: «Porque es Dios quien trabaja en vosotros», lo que hace pensar que Dios lo hace todo y nosotros nada.

A pesar de que el cristianismo parece en un principio tratar sólo de moralidad, sólo de reglas y deberes y culpa y virtud, nos conduce más allá de todo eso hasta algo que lo trasciende.


Mero Cristianismo
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Mero Cristianismo
  • Lewis, C. S. (Author)

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