Resumen completo de la Cuarta Copa: los secretos de la Última Cena y la Resurrección por Scott Hahn

 ha reseñado
4.4
14 Ene, 2020

La Cuarta Copa analiza la Última Cena y Pasión de Cristo a la luz de la tradición judía. Bajo este prisma, aparece una interpretación de la Pasión realmente curiosa. Yo al menos no la había escuchado nunca en mi parroquia. No se trata de nada herético, de hecho este libro de Scott Hahn es fiel con las enseñanzas de los Padres de la Iglesia. El paso del tiempo y nuestro pensamiento occidental han hecho que pasáramos por alto las raíces judías de la liturgia cristiana. También es la historia de la conversión de Hahn al Catolicismo.

Primeras impresiones

La prosa de Hanh destaca por su tremenda claridad y sencillez. Al mismo tiempo aborda de manera profunda e incisiva cada uno de los capítulos. Relaciona sus argumentos con citas bíblicas. Es creativo. La trama de este libro es muy original en cuanto a que parece una historia detectivesca. El libro está formado por 14 capítulos cortos y bien estructurados, 185 páginas (versión española tapa blanda), que hacen que la lectura sea muy fluida y rápida. La obra refleja su proceso de conversión del protestantismo presbiteriano al catolicismo.

He llegado a este libro justo después de leer la Trilogía de Ratzinger sobre Jesús de Nazaret. Es decir, tras asentar una base teólogica que me ha ayudado a entender muchos de los argumentos aquí expuestos. Ratzinger y Hanh se complementan realmente bien. Hanh añade en este libro nuevas capas de información a lo que cuenta Ratzinger en su libro de la Resurrección. La experiencia ha sido maravillosa.

El libro deja abierta una cuestión arqueológica que parece interesante. La Pascua Judía se celebra y se celebraba en tiempos de Jesús con cuatro copas. Esto abre la posibilidad de encontrar más griales que habrían podido participar en la Cena Santa. Según cuenta Hanh, el cáliz principal – el perseguido por Indiana Jones en la película La Última Cruzada (1989) – sería el tercero del ritual judío, es decir el llamado Cáliz de la Bendición. Pero quedarían otros dos – porque Cristo no se tomó la cuarta copa según el protocolo establecido. Estos dos cálices participaron también de la Última Cena y serían igualmente venerables. Con esa misma reverencia de los Padres de la Iglesia y que Hanh describe en el capítulo 11 de este libro.

Spoiler: la Cuarta Copa correspondería a la esponja con vinagre que Cristo tomó en la Cruz antes de morir. Cristo hizo algo nuevo: conscientemente dejó pasar esta copa durante la Última Cena (Mt 26,29) El vinagre es también fruto de la vid, así que Cristo consumó su Pascua en la Cruz.

Además, este libro viene con sorpresa: esperas encontrar un análisis histórico o antropológico sobre la Pascua Judía pero el libro va más allá. El capítulo 14 es una maravillosa disertación teológica sobre el sentido del sufrimiento: ese sacrificio del que hablan psicólogos como Gary Chapman que puede ser aplicado a la relación de pareja. Esto ha supuesto mis 5 estrellas. Scott Hanh es un teólogo que me gusta mucho. Una lectura muy recomendable para todos los públicos, especialmente aquéllos con inquietudes espirituales.

Hermoso capítulo 14 sobre el sufrimiento

El capítulo 14 es muy hermoso y profundo. A continuación dejo las notas tomadas durante su lectura. Quedan separadas del resto de notas de otros capítulos.

La forma pascual de la vida

Hemos bebido la copa de nuestro bautismo. Entregamos nuestra vida si tomamos su cruz.
«Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, coja su cruz y me siga.» Mc 8, 34-35
Éste es el mensaje de la Última Cena. Durante el Séder, Cristo afirmó que el pan era su cuerpo y el vino su sangre. No es una metáfora, es lo que los filósofos llaman «acto de habla». Semejante a la palabra por la que Dios creó el mundo.

Cristo hizo perfecta ofrenda de sí mismo, víctima sin mancha, sólo Él pudo hacerlo porque estaba libre de pecado. No está solo, comparte su poder redentor con cualquiera que acepte beber la copa de su sangre. Pablo se alegraba de sus sufrimientos porque sabía que eran redentores si iban unidos en Santa Comunión al sufrimiento de Jesús.

El cáliz del dolor

San Agustín explica que el sufrimiento es la herencia desde Adán mezcló nuestra copa de dolor y fatigas. A nadie se le dispensa de ese cáliz, el llanto del recién nacido da fe de ello. Nuestra naturaleza se resiste a él. Jesús responde ante el dolor aceptándolo y sometiéndose a él.
Jesús no está libre de temores pero están ordenados. En Getsemaní teme lo que va a suceder pero es mayor su temor a desobedecer la voluntad del Padre.

Jesús enseña que hay cosas por encima de la vida física. Hay un cielo que no es algo lejano en el espacio ni en el tiempo. Empieza con nosotros en el bautismo y crece cada vez que bebemos la copa eucarística.

No hay ganancia sin dolor

Si queremos experimentar el amor, la alegría, la paz del cielo desde ahora, debemos hacerlo en Cristo. Eso no significa que se nos evitará el dolor. San Pablo identifica sus sufrimientos con una crucifixión que acepta de buen grado.

Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Ga 2, 20

Si ni Jesús ni Pablo quedaron eximidos de sufrimientos, nadie debería esperar quedar eximido.

A pesar de los grandes milagros de Dios para Israel, su pueblo le abandona a las primeras punzadas de hambre acudiendo a ídolos. Filón de Alejandría dijo que Israel no había entendido la Pascua. Dios instituyó el Séder para que llevasen vida virtuosa, en la que sus temores y deseos estuvieran ordenados y todo subordinado a la voluntad divina. El pan pascual debería haberles enseñado a rechazar la levadura del orgullo. Las hierbas amargas a ser indiferentes ante la comodidad y el placer. Era de esperar que el Séder les enseñase a disciplinar sus cuerpos y su voluntad.

Jugando con la Pascua

El amor de Jesús por nosotros tiene su máxima expresión en su hora, en su copa, en su sufrimiento: en el Misterio Pascual. Queremos experimentar lo placentero del amor. Pero el amor que causa estas sensaciones placenteras – el disfrute de la presencia del otro – no es idéntico a esas sensaciones placenteras. El amor puede subsistir en ausencia de placer.

Por ejemplo, la esposa que cuida a su marido con Alzheimer. Esa mujer sufre por el bien del otro. Se dona desinteresádamente igual que Cristo. Conoce el peso de la alegría que significa el amor verdadero. Su hijo le dijo que su dedicación podría acabar con ella. ¿Prefieres que muera jugando al golf? Le respondió ella. ¿Dónde moriría más feliz esa madre: disfrutando del green o entregado al amor?

No es posible amar sin dolor, porque el amor implica siempre renunciar a nosotros mismos, salir de nosotros mismos, aceptar a los demás con su diferente forma de ser; implica una entrega de nosotros mismos y por lo tanto, salir de nosotros mismos.

Benedicto XVI. Encuentro con párrocos diócesis Belluno-Feltre y Treviso. Martes 24 de Julio de 2007.

Para eso nos ha estado preparando Dios desde la creación del mundo. Y no somos capaces de hacerlo si vivimos enredados en el pecado. El sacrificio lleva al amor verdadero pero el punto de partida es resolver nuestra identidad – saber quiénes somos y cuáles son nuestros límites:

Antes de salir de nosotros mismos debemos adueñarnos de nuestras vidas. Antes de entregarnos debemos tener algún control sobre nosotros mismos. Necesitamos al menos cierto grado de autodominio. El verdadero amor – el amor que se dona, el amor que da vida – exige sacrificio, y el sacrificio conlleva sufrimiento.

Scott Hanh

Es lo que hace el que ama. El amor es la respuesta al misterio del dolor. El dolor es la respuesta al misterio del amor. Sólo en Jesús – y particularmente en el Misterio Pascual – reveló Dios la respuesta a los perennes misterios de nuestra existencia. Crecemos con la práctica de la virtud y la práctica de los sacramentos pascuales.

Testigo de la persecución

La gracia y misericordia de Cristo nos hace capaces de dar testimonio aunque sólo sea limitándonos a aceptar la copa que no podemos evitar. Porque la Eucaristía transformará nuestro sufrimiento en sacrificio. No es que Jesús sufriera y muriera para que nosotros no suframos ni muramos. No se trata de una mera sustitución. Es un misterio representativo y participativo. Jesús padeció y murió para dotar a nuestros sufrimientos de un valor redentor, un valor que nunca podrían haber poseído por sí mismos. Padeció y murió para investirnos de su amor. Lo hizo para que nuestro amor, sin disminuir nuestro sufrimiento ni evitarnos el dolor, transformase ese dolor en una pasión santa, el sufrimiento en sacrificio. Lo hizo para que nuestra vida en Cristo pueda culminar en una muerte Santa.

La entrega de uno mismo tiene carácter eucarístico. En circunstancias extremas los Mártires toman sus palabras de la liturgia eucarística. Martirio es la imitación de Cristo y la anticipación del cielo. En el espíritu sufrimos con el hijo mientras amamos al Padre. Según San Pablo, el dolor no es opcional.

Últimas palabras

El sufrimiento redentor forma parte integral de nuestra historia original. Eso es lo que significa para nosotros mostrarnos a imagen y semejanza de Dios. Por el poder del Espíritu Santo, nuestro sufrimiento perfecciona nuestra caridad, mientras que nuestra caridad transforma nuestro sufrimiento en un sacrificio vivo que permite a Dios abrirse camino en nuestras vidas.

No es la magnitud del sufrimiento de Cristo lo que nos ha salvado, sino la magnitud de su amor. En la Última Cena el amor transformó su sufrimiento en una ofrenda; y ese amor es la Eucaristía. La Eucaristía hizo del Calvario un sacrificio y no una mera ejecución. En la cruz Jesús invirtió la muerte, le dio la vuelta. Jesús la convirtió en ocasión de dar vida. La transformó en un don, en una oración, en un sacrificio.

Enseñándonos a morir, nos enseñó a vivir. La hora de su deshonra y muerte no fue una derrota, sino una victoria de la vida y el amor sobre el pecado y la muerte. Y lo mismo se puede aplicar a nuestra propia deshonra, nuestra debilidad, nuestra aflicción, nuestros desalientos, nuestras negaciones y nuestra propia vida.

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