Resumen completo La Fuerza del Silencio frente a la dictadura del ruido por Robert Sarah

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4.1
10 Abr, 2019

Hablar de silencio no está de moda. Apenas se trata en los medios de comunicación y si se hace, es de forma simplista. Se disfraza como una especie de técnica oriental, mantra o yoga para obtener confort. Vivimos en una sociedad materialista donde las prisas y el ruido son el pan nuestro de cada día. Nuestro espíritu se vuelca en el trabajo, las redes sociales y las tareas cotidianas. Si no tomamos en serio nuestra relación con Dios, ésta se marchita o acaba siendo aplastada por el relativismo. Este libro es también una defensa ante la desacralización de la liturgia.

Desacralización de la liturgia

El desprestigio del silencio ha llegado incluso al ámbito espiritual. Nuevas prácticas que nada tienen que ver con el silencio, parecen estar cuajando en la Iglesia: zen, yoga, mantras, técnicas de respiración, etc. Si no se tiene cuidado, se termina introduciendo pachamamas en el Vaticano. La pérdida de sacralidad es una de las consecuencias. Algunas parroquias de mi ciudad manifiestan estos síntomas.

Pongámonos en situación. Uno va por la calle buscando un poco de paz, silencio y oración. Te acercas a una Iglesia, de esas modernas. Nada más entrar, una música ambiental, bajita lo inunda todo. La música es sosegada e instrumental – incluso agradable – pero lo cambia todo. El sonido penetra en lo más profundo del alma impidiendo cualquier tipo de recogimiento o experiencia religiosa. Horrorizado pregunto al capellán sobre aquel sonido ambiente. Dice que ayuda a crear un clima de acogida. Te quedas frío.

Cuando uno abre la puerta de una Iglesia antigua, abre una puerta hacia el cielo. Nuestros sentidos experimentan un buen número de sensaciones. El primero es quizás el tacto. No abres una puerta como la de casa. Es una puerta grande, pesada, de las de antes. Al mismo tiempo el olfato se activa de forma instantánea. El olor a incienso es característico. Sabes que estás en un lugar sagrado. El crujir de una madera antigua a nuestros pies suena al unísono con el de los goznes de la pesada puerta. La vista se pierde en la lontananza del ábside. Finalmente el oído es liberado del alborozo callejero y el alma recompensada con un silencio sagrado.

En otra parroquia se escuchaba una melodía instrumental de los Beatles. Se creaba una atmósfera extraña, rozando lo surrealista. El templo quedaba a medias entre museo y sala de congresos. Parecía de todo menos un lugar de culto, más bien un edificio civil, privado de cualquier atisbo de sacralidad. Rezar allí resulta extraño. Estas parroquias conceden su espacio para actos meramente folclóricos, ya sean charlas o conciertos. En una de ellas se cantó un «cumpleaños feliz» tras una Eucaristía.

Como dice el Cardenal Sarah en el libro, cualquier sonido que no eleve el espíritu rompe completamente la experiencia religiosa. El canto gregoriano sería admisible en la Eucaristía porque «está tejida de silencio». El Cardenal valora tambiénla música clásica: Mozart, Berlioz o Beethoven para el uso doméstico.

Teología progresista trae cambios

He podido constatar que, es precisamente en muchas de estas parroquias, donde se difunde una teología progresista. En una de estas parroquias, el Sacerdote entraba a la Misa con un manojo de folios como si fuese a dar una conferencia. En lugar de recitar el Credo tradicional, ponía en pantalla un credo sucedáneo, que omitía palabras y cambiaba otras.

En otras parroquias, en la consagración se dice «por todos» en lugar de «por muchos». También durante la consagración, los apóstoles, pasan a denominarse «amigos» en lugar de «discípulos». El sacerdote habla en exceso durante la liturgia. Las homilías contienen historias moralizantes ajenas al Evangelio, algunas de origen oriental o budista. Como si la palabra de Jesucristo no tuviera suficiente enjundia. Se demoniza a determinadas opciones políticas, en España a VOX. Todo esto se está escuchando en algunas parroquias de mi ciudad. Se añade a la liturgia una capa ideológica que – en aras de la modernidad – difumina la verdad de Cristo.

Silencio sagrado – descrito en parte III, párrafo 238: JMJ (Jornada Mundial de la Juventud) «Madrid 2011 Thunder & Eucharistic Adoration». Se ve al Cardenal Robert Sarah en minuto 1:20. El silencio sagrado desde 1:30, ¡impresionante!

Con estos avales y una sed interior de silencio, me sumergí en la lectura de este libro. El libro se enmarca en el monasterio de La Grande Chartreux (Francia). Una zona privilegiada en lo espiritual. El Santo Cura de Ars (Lyon) y San Francisco de Sales (Chambery) vivieron cerca. También está cerca el santuario mariano de la Salette. Una región que bien merecería una peregrinación.

El Cardenal Sarah describe a la perfección las enfermedades de las sociedades modernas. Las enmarca dentro de una creciente pérdida de la sacralidad en la Iglesia. ¿Dónde queda el espacio para la adoración y el silencio? Me ha gustado el libro de Sarah porque señala este tipo de cosas.

No hay técnicas que valgan

El libro insta a buscar el silencio interior, el derivado del verdadero amor. Cuando una pareja de enamorados se aman, sobran las palabras. Basta una mirada o una sonrisa para expresarlo todo. Es el mismo caso de una Madre acompañando a su hijo enfermo en el hospital. La compañía y quizás una caricia son suficientes. Cualquier tipo de técnica para conseguir ese silencio es vana. El verdadero silencio se obtiene a través del amor. El conocimiento y la imitación de Cristo son buenas vías para amar verdaderamente al prójimo.

Los argumentos del Cardenal Sarah se fundamentan en una teología libre de artificios. Desenmascara la inculturación que pretende convertir la Eucaristía en mero folclore. El mensaje de Cristo va más allá de cualquier ideología. Buscamos la pureza del amor, que es aquél profesado por una madre hacia su hijo.

El autor propone una serie de orientaciones prácticas para encontrar silencio: recogimiento (67), soledad (73), nuestra habitación (58, 122), lectura (127), oración (64! y 114) Las indicaciones sobre la oración son interesantes: «rezar es imaginar, sentir esa presencia, una palabra» (64) En el párrafo 114 leemos: «las palabras no mencionadas son oraciones». De esta manera, el amor se revela y cualquier palabra resulta superflua.

El silencio interior

La búsqueda de esta interioridad es clave para todo cristiano. Dios permanece como una semilla en el corazón. El autor menciona en varias ocasiones a San Agustín:

Nosotros estamos fuera, somos extranjeros para nosotros mismos y solo podemos llegar hasta nosotros mismos estando totalmente abiertos a Dios. Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y, deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

El autor menciona al «discípulo amado» – San Juan – como el que mejor entendió el mensaje de Cristo. El evangelio de San Juan es de una belleza y profundidad sublime y desconcertante. El Cardenal Sarah comienza hablando sobre la simplicidad del silencio. Algunos lectores pueden sentirse defraudados en este punto, porque no resulta espectacular. Para mí es marca de fiabilidad. El párrafo 90 lo corrobora. El gran poder que podemos esperar de Dios es amor silencioso, que no fuerza a nada ni a nadie respetando nuestra libertad.

La tradición de los primeros cristianos cuenta que el apóstol San Juan, siendo ya anciano, era acosado por multitudes de fieles reclamándole homilías sobre Cristo. Él respondía diciendo que bastaba saber una cosa: «amaros los unos a los otros». Tan simple y contundente como eso.

Humillarse para elevarse

Varios conceptos teológicos son descritos. El «salir de uno mismo», tan platónico y de San Agustín, es uno de ellos. El pecado nos aleja del alma. El sentido del sufrimiento es otro de ellos. La verdadera felicidad consiste en ver el sufrimiento como la victoria Cristo sobre muerte. El servicio al prójimo en las tareas diarias es un buen medio para conseguir la felicidad. El libro hace varias referencias a la Madre Teresa de Calcuta. Ella demuestra que se puede conseguir una vida contemplativa en la vorágine del día a día.

Se distingue entre miseria y pobreza. Se hace una llamada a la Iglesia para que combata la miseria sin olvidar su fin principal, que es la salvación de almas. La acción social de la Iglesia, la caridad, tiene un sentido espiritual. La pobreza bien entendida es otro medio para la unión con Dios. Al igual que el silencio, no son fines en sí mismos.

Otro concepto interesante es el de kénosis o abajamiento de Dios. Explicaría el mutismo de Dios ante el sufrimiento humano, que tanto incomoda al nuevo ateísmo. La respuesta evangélica está en que Dios no explica el sufrimiento, lo llena con el amor de Cristo y su entrega en la Cruz. La descripción del silencio de Cristo en el juicio de la pasión está muy bien (párrafo 197) Jesús sólo habla con Pilatos porque éste quiere conocer la verdad. Ante Herodes guarda silencio porque es un tirano vicioso.

La explicación del misterio del Sábado Santo en el párrafo 207 es deliciosa. Jesucristo se abaja al infierno compartiendo con su silencio nuestro destino. Hace brotar vida del lugar más árido, del lugar donde no está Dios. El infierno es la ausencia de Dios. un estado del alma sin Dios. La Sábana Santa es el icono de este misterio.

Conclusión

En definitiva, un buen libro que nos adentra en el misterio del silencio. Queda pendiente otro libro del Cardenal Sarah titulado «Dios o nada» del que hay muy buenas referencias en Goodreads. El Cardenal es discípulo de Benedicto XVI, claro referente en la teología actual. Sus obras no levantan sospechas en cuanto a la doctrina católica.

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